CAPITALISMO, PRODUCTIVIDAD Y SALARIO
¿QUÉ CRISIS?
La cancillera Angela Merkel, ante la crisis financiera del capitalismo europeo, lanza la sibilina idea de vincular los salarios a la productividad.
Los entusiastas del liberalismo ramplón agradecen de inmediato el aporte de quien fuera, en su exultante juventud, reputada discípula de Erich Honecker y militante reconocida de la FDJ. Aquél pasado queda sin interés ya que ahora demuestra ser una redomada liberal, defensora de la burguesía y su ganancia; eso sí, de la que le paga, la alemana.
Hoy, la antigua estalinista viene envuelta de un halo de prestigio debido, según sus adulones, a que ha podido encaminar por la senda del crecimiento a la economía alemana.
Lo que no dice la diva, ni tampoco sus acólitos, es que aquel crecimiento se debe a las exportaciones de maquinaria de producción, con alta concentración de tecnología, a la nueva y colosal compradora mundial: China que, una vez más, resulta ser la gran salvadora del capitalismo occidental.
La propuesta de la Merkel se enmarca en la necesidad de proteger el capital de los bancos alemanes prestado especulativamente en los que ahora llaman países periféricos; queda patente que la llamada Unión Económica Europea no es una unión entre iguales; desde su origen, sólo es una componenda de los capitalismos alemán, francés e inglés, el resto es periferia.
Para salvar tales capitales especulativos, ante el peligro de quiebra y no pago por parte de las economías de segunda, el Ejecutivo europeo de Bruselas, pagado por los capitalismos centrales, promueve la burda estrategia liberal: ajustar la economía de los deudores; esto es, reducción del déficit presupuestario.
Los economistas liberales de la periferia, siempre de acuerdo con quien manda, entienden que tal propósito se traduce en la reducción del gasto público; o sease, reducción de salarios y menor cobertura en lo que llaman protección social. En el capitalismo, quien paga es siempre quien menos tiene.
Ahora bien, la enigmática propuesta de vincular salarios con productividad deja a estos economistas segundones en evidencia, ¿cómo aplicar tal galimatias?
¿Cómo medir la productividad de un empleado postal?, ¿cómo medir la productividad de un administrativo?, ¿y la de una secretaria?, ¿cómo medir la productividad de un empleado de la limpieza?
Queda claro que el exabrupto de la Merkel es un remanente de su aprendizaje sobre economía planificada de la época del desarrollismo de la RDA.
La productividad sólo es medible en quienes generan con su trabajo bienes de uso y con ello plusvalía, de la cual se apropia el capitalista y le llama ganancia. Es la base del capitalismo.
La burguesía, por ejemplo, no genera valor alguno, la burguesía es improductiva y nada medible productivamente.
La Merkel, dijo productividad cuando debiera haber dicho ganancia.
Tal vínculo sí que deja clara la intención de la burguesía: a mayor caída de su cuota de ganancia mayor ajuste en los generadores de valor, ya sea mediante el aumento de la intensidad en la explotación, que es el aumento de la productividad, o reducción en los costes y los salarios, que implica bajada de salarios o simple despido.
Para el capitalista, el salario del trabajador es un mero coste más, tan variable como lo sea su ganancia.
La Merkel no proclama nada novedoso, confunde los términos ya que es menos decoroso hablar de ganancia y sí que lo es hablar de productividad; la estalinista se confunde con la luterana.
Miguel Seguin
El mayor conglomerado del lujo, LVMH, (más conocido como Luois Vuitton), anuncia que se fagocita a Bulgari, otra de estas firmas cool, por 5.000 millones de dólares. No debe sorprender tal número luego de saber que la misma facturó en 2010 la cantidad de 28.000 millones de dólares.
¿Qué hace crecer a esta compañía que exclusivamente vende bolsos y atuendos de piel, joyas, licores, etc; o sea, sólo bienes de uso para la ostentación?
A este dato se añade que la venta de coches, yates y avionetas, todos de lujo, no ha dejado de aumentar en los últimos años, a pesar de la llamada crisis económica.
Está claro, en el capitalismo el mercado suntuoso sólo conoce de crecimiento.
¿Y quiénes son sus usuarios?
1.- Deportistas de élite, la mayoría residentes en paraísos fiscales para evadir impuestos; personajes de la estupidez mediática, que rentan de su miseria humana; futbolistas, con sus contratos por encima de siete cifras; cantantes con hueco y estúpido contenido; cineastas en su ejercicio del pathos vacuo; escritores a la búsqueda de lograr su best seller, en el que se compre su cinismo; artistas plásticos que sólo reflejan su propia decadencia, y un gran etcétera; todos son parte de ese ejército privilegiado y bien pagado de la alienación ideológica del capitalismo.
2.- La élite burocrática; con quien la burguesía entendió que debía de compartir beneficios y también asimilarla al poder, cuando la estrategia del decrépito liberalismo cogió algún respiro con la defección de los herederos del estalinismo; ahora enriquecida en el afán privatizador, con sus consentidas prebendas de millonarios pluses, bonos, contratos blindados y sus insolentes indemnizaciones y fondos de jubilación.
3.- Los profesionales de la política y su circo al que llaman democracia, ese raído y espurio disfraz de la dictadura burguesa, en donde las izquierdas y las derechas conforman el mismo abanico que da soplo al capitalismo. Facciones corporativas y bien pagadas, ambas corruptas; actores y actrices del mismo corpus circensis.
¿Y quién paga todo este circo?
El capitalismo en su proceso de acumulación, que es parte de su decadencia, ha generado una burguesía ociosa, improductiva y rentista que alimenta el valor especulativo; a la que los felones economistas llaman inversores y a la que los políticos administradores del sistema capitalista toca proteger.
A la usanza de la Roma imperial en declive, cuando ya no celebraba conquistas y en su manipulacion por mantenerse en el poder utilizaba y pagaba a estereotipos; unos vacios y memos, otros profesionales y envilecidos; que se jugaban la vida por los grandes ociosos en el poder. Esa Roma estéril desapareció, como todo destino de los sistemas caducos.
El capitalismo en su agonía, en su incapacidad de generar valor real, sólo ha engendrado valor ficticio y especulativo, y con ello ese sector privilegiado, ocioso e improductivo; eso sí, con capacidad de pago para defenderse.
Sus tecnócratas bien retribuidos aligeran su carga tributaria con bajada de impuestos directos y exenciones al patrimonio; con la mengua en lo que llaman gasto social, que es la bajada de salarios y pensiones; el aumento de impuestos al consumo y el mejor ofrecimiento: el despido barato; es el llamado libre mercado que se aplica sólo para perpetuar el poder burgués.
Ante ellos: los desempleados con sus misérrimas y vergonzosas subvenciones; los atribulados desahusiados de sus sueños de propiedad; la burocracia sin privilegios, estancada en sus pagas; los asalariados a quienes no les queda otra opción que ceder y no reclamar por sus derechos con tal de conservar su puesto laboral; todos ellos parte de ese sector desclasado y frustrado en su falso sueño de ascensión social.
Y todos supuestamente amparados por unas centrales dizque defensoras de los derechos del trabajador. Cooptadas por el capitalismo, financiadas por el capitalismo, defensoras de sus propios privilegios burocráticos y por eso comprometidas con el capitalismo.
Frente a todos ellos se hallan quienes tienen capacidad de generar valor real, de revolucionar el sistema opresivo, explotador, rentista y especulativo del capitalismo.
Sólo la clase obrera independiente, sin compromiso con el capital, sin venderse al capital, consciente de su liderazgo, será capaz de romper el yugo que ata a las fuerzas productivas de la voracidad de la ganancia del capitalismo.
Será cuando el lujo troque en riqueza de bienes de uso productivo, cuando la ostentación desaparezca en aras de la abundancia; en fin, será cuando pasemos del reino de la necesidad al reino de la libertad.
Miguel Seguin
Como parte del discurso de los todavía áulicos del liberalismo, persiste la monserga que es el capitalista quien con su inversión crea empleo al trabajador y con ello, a su vez, produce riqueza.
Como surgidos por generación espontánea o, más bien, por el supuesto diseño inteligente, estos factores de producción, según su jerga ascéptica para no referirse a clases sociales, concurren de manera fortuita en el proceso productivo. El Capital; aportando los medios de producción necesarios, y el Trabajo; aportando la fuerza laboral transformadora.
Ante tal escenario, el Estado sólo tiene la labor de regular el funcionamiento de la sociedad sin intromisión en la Economía
Con tal teoría, se intenta justificar que el plusvalor generado en el proceso productivo pertenece NO a la clase obrera que con su tiempo de trabajo ha producido tal valor añadido, sino a la clase propietaria de los medios de producción que ha comprado, mediante un salario, tal fuerza productiva.
¡Es el Capitalismo, estúpido! Diría aquél, parafraseando a Clinton.
En los albores del mismo, cuando el propagandista liberal Adam Smith propaló la consigna del laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar), el sustantivo desempleo no existía en los diccionarios para quienes el adjetivo salvaje significaba jornadas de 20 horas y salarios reducidos para niños y mujeres (en base a la valoración de su menor capacidad de producción, a lo que luego llamarían menor productividad) El empleo no era considerado, precisamente, un regalo divino, más bien una condena bíblica. El aparato ideológico del Estado ya se ocupaba de plantear la resignación, a la espera, para aquellos miserables, del consuelo en una futura recompensa celestial, obviamente después de muertos.
Época de crecimiento incesante, enormes beneficios y mayor acumulación.
No fue hasta finales del siglo XIX, con el logro de la jornada de 8 horas y a costa de la ejecución de obreros anarquistas en Chicago, que las condiciones del factor Trabajo tuvieron un cambio.
Para entonces, la colonización imperialista aseguraba los insumos necesarios para el crecimiento, hasta el punto de generar una crisis de sobreproducción. Los mercados internos eran insuficientes para absorber la ingente producción. Y aquello significaba menor ganancia para el capitalista.
La necesaria expansión de capitalismos nacionales hacía forzosa la conquista del mercado interno de otros capitalismos. Las leyes de la libre competencia, dirían.
Es así como se llega a la Primera Gran Guerra, la razón fundamental era una disputa entre capitalismos (o imperialismos, como dijo Lenin)
Y los obreros, además de productores, fueron convertidos en milicia, con el objetivo de destruir los medios de producción de los capitalismos rivales.
El Capitalismo como sistema, tan ávido en generar riqueza y medios de producción, esta vez tenía la consigna de destruirlos, fue su última fase de desarrollo, ya no sería jamás una posibilidad para el crecimiento económico; se convirtió en un factor, además de destructivo, represor del mismo desarrollo de las fuerzas productivas. Era el inicio de su agonía
El periodo de Entreguerras sería sólo un acápite. Tiempo en el cual surgieron posibles salvadores con diversas teorías, que sólo fueron, y siguen siendo, diversas formas de maquillar un cadáver.
En la actual etapa, el Capitalismo especulativo, basado en un crecimiento contable y ficticio, lleno de teorías econométricas inservibles y desvinculado de la generación de valor real, destruye el factor Trabajo.
A sus míseros teóricos sólo les queda argumentos mendaces y demagógicos tales como la flexibilización del mercado laboral, que no es otra cosa que destruir de manera barata el empleo… ¡y dizque para generar más!
La concentración económica es la demostración de que el Capitalismo sólo quiere conservar el derecho a su plusvalía, que ya no tiene nada que ver con la generación de valor y mucho menos de empleo.
Ahorro, optimización y productividad, entre otras palabrejas de los todavía teóricos, sólo son términos vacíos y falaces que ocultan su miserable condición de secuaces falsificadores de la debacle capitalista.
Sólo la clase obrera, productora y creadora de riqueza real, es la capacitada, en esta fase del Capitalismo, de liberar a las fuerzas productivas; y ello implicará liberarse de aquella clase propietaria, miserable y manipuladora, además de pertinaz en su incapacidad, que se niega a que desaparezca el privilegio de su apropiación de la plusvalía, se niega a entender que es la que obstruye el crecimiento, se niega a desaparecer.
Time of adventures, time of revolutions.
Miguel Seguin
Inflación: ni contigo ni sin ti
Los acólitos del liberalismo conservador, recurren a la entelequia del diseño inteligente para explicar el origen del universo y para interpretar los fenómenos económicos arguyen a la libre concurrencia y el caos; cuando, si acaso, tendrían que plantear justamente lo inverso.
Estos frustrados equilibristas, han expuesto diversas teorías aleatorias sobre cómo, si acaso algún día, puedan vaticinar el momento en que un ciclo expansivo se convierte en recesivo y viceversa.
La supuesta teoría econométrica no es más que la suma de estadística y los pronósticos de algún vidente, en la búsqueda frustrante de un sistema funcional.
Durante el último, según ellos, ciclo expansivo; basado, cómo no, en la especulación crediticia; los antes odiados y hoy reverenciados organismos de regulación, los Bancos Centrales, tenían siempre en la diana el temible fenómeno de la inflación.
Ante ella era enfocado todo su arsenal que no era otro que aplicaciones restrictivas monetaristas.
Y, sin embargo, la inflación está en el mismo germen del desarrollo del capitalismo especulativo.
Lo paradójico se hace pantente en el hoy discutido instrumento de medición del crecimiento: el PIB
En tal instrumento, la variable fundamental es la suma de los valores monetarios -o sea precio- de los bienes producidos en un territorio en un lapso de tiempo; algún despistado podría colegir que a mayor precio mayor crecimiento, pues no es así!
En principio, el capitalismo no busca el crecimiento sólo la ganancia, de allí que sea puramente especulativo y su desarrollo no esté basado en la llamada Economía real.
Para su estrategia especulativa, la inflación generaría una pérdida de valor de mercado de su bien más importante: la moneda. He allí su drama.
La pérdida de valor de la moneda reduce, entonces, la ganancia monetaria, de allí que se hayan cuidado hasta la tozudez con respecto al control inflacionista; a costa, inclusive, de estancar el mercado crediticio y generar una aparente carencia de liquidez.
Hoy, estos afligidos hacen lo contrario, se trata de otro ciclo dirá el obsecado, y, ni por esas, tampoco resulta el remedio.
Hoy se cierne otro peligro y quizá de mayor empaque: la temible deflación.
Ésta, que es, precisamente, el fenómeno contrario a la subida de precio, amenaza, además de recesión profunda, con la pérdida continuada de valor de su bien más preciado: el capital.
Hoy estos videntes añoran a la otrora repudiada, repelida, denostada y ahora nunca bien ponderada inflación.
Es la prolongada agonía del capitalismo y la eterna condena de estos funámbulos.
Miguel Seguin
América Latina y la crisis financiera
Analistas entusiastas pronostican la pronta salida de la crisis por parte de las economías de América Latina; es más, la senda del crecimiento se vislumbra pronto en el horizonte, según estos zahoríes.
¿Y a qué se debe tal optimismo?
El superávit de los antiguos conspicuos deudores es la mejor demostración de haber hecho bien los deberes.
¿Y cuáles fueron estos deberes?
Desde finales de los ochenta, los gobiernos de América Latina emprendieron la supuesta nueva estrategia privatizadora. Esta consiguió sus frutos, saldar una secular e injusta deuda externa y conseguir un posible equilibrio monetario. Todo esto a costa de vender las joyas de la abuela.
Sí, lo vendieron todo, o casi todo, el concepto manido nacional trocó en reservas.Y estas mismas son las que han hecho posible protegerse del vendabal de la crisis financiera de las metrópolis.
Cuando unos bancos de apellidos anglosajones quebraron, tal quiebra no tuvo la misma resonancia en los trópicos.
Salvo México (otra vez, su lejanía de dios y su cercanía a USA lo condena), las demás economías se mantuvieron lejanas a esa crisis que viene de un excendente especulativo.
Eso sí, hubo un momento crítico cuando las exportaciones bajaron; las compras de las metrópolis entraron en una fase recesiva.
Y para ello, vino bien haber cumplido los deberes, había ahorro, reservas y, sobre todo, la posibilidad de estimular el mercado interno, algo que las economías centrales sólo podían en parte, dado que la recesión ocurre cuando no hay compradores.
En América Latina, hay muchos potenciales compradores, sólo hace falta integrarlos en el mercado.Y así se hizo, y de allí viene el supuesto crecimiento.
Ahora bien, cuando la principal economía consumidora, USA, restringe sus importaciones, devalúa su moneda; o sea, otra vez más, exporta su crisis, América Latina tiene que buscar otros compradores. Es cuando surge un mejor cliente, con las mismas ansias conquistadoras de Roosevelt, que sólo tenía un garrote.
China, esa pragmática budista, como el antiguo sacerdote Mao, surge como insurgente salvador de las exportaciones.
China misma tiene un mercado propio vírgen, con lo cual, capacidad de desarrollo propio y, sobre todo, necesidad de crecimiento, es la mejor socia consumista de bienes primarios.
Y desbanca a USA en América Latina como compradora, ¿de qué? de sus materias primas, de su petróleo, de su hierro, de su carbón, ¡vamos, más de los mismo! Sólo que ahora es un cuento chino.
América Latina saldrá de la crisis, tendrá crecimiento y un nuevo comprador.
Ya no será sólo inglés, habrá que aprender chino.
Miguel Seguin
El crack del 29 y la crisis de valor
Aquel jueves de otoño boreal de 1929, en Wall Street, el gris del cielo se reflejó en los semblantes de
quienes creían que el precio alto de unos títulos en la borsa también significaba el crecimiento de valor.
Quedó como el jueves negro, aquel 24 de octubre cuando al cierre del mercado casi ningún título conservaba su precio.
La historia lo registra como el crack (quiebra), cuando el precio ya no se corresponde con el valor.
¿Qué diablos había pasado?
Si apenas un año antes la euforia inversionista, acompañada con la campaña electoral en USA ponderaba que el crecimiento era infinito, cuando Mr. Hoover, el elegido del Partido Republicano, prometía que la bonanza se extendería a todo creyente en la maravilla del capitalismo; en la base de que la palabra crédito tiene raíz en creer, y había que creer y había que invertir en esa creencia.
Y los bancos, fieles a la misma, también prestaban dinero para invertir; si la bolsa ofrecía a todos bonanza, por qué no participar de ella, así se hacía explícita la generocidad democrática del capitalismo, que todos pueden ganar. Los bancos, aquellos generosos, ponían precio, cómo no, a su crédito igualmente alto, y qué importaba aquello, si el mercado de la bolsa ofrecía mayores ganancias. ¡Vamos, todos a ganar!
Y fue la Reserva Federal, aquella inoportuna descreída, con el mismo Hoover a la cabeza y algunos escépticos economistas que inventaron el término burbuja (luego inventarían la teoría de los ciclos y otras más); ellos mismos, los impulsores de la bonanza, empezaron a descreer en el capitalismo. Si el precio de los valores subía como también el precio del dinero, cabría el peligro de inflación, aquel fenómeno detestable y evitable que podía romper el supuesto equilibrio.
Subieron el tipo de interés, y con ello surgió la debacle. Si el propio organismo creado para administrar el precio del valor desconfía de su crecimiento, entoces, no queda otra que también desconfiar.
La paradoja es que era imposible administrar tanta bonanza. El capitalismo no puede mantener a tantos
ricos.
Y empezaron las quiebras, de bancos y de empresas, cierre de fábricas y desempleo consecuente.
Los escépticos pensaron que el capitalismo tenía que buscar el reajuste (otra nueva teoría), las quiebras y el desempleo serían de necesidad para limpiar el mercado demasiado especulativo.
Y así cuatro años, hasta las nuevas elecciones, de las que surgió, cómo no, uno del Partido Demócrata, Roosevelt. Y con él un teórico que ha vuelto a estar de moda, Keynes y sus propuestas intervencionistas del Estado, palabreja larga y detestada por los ortodoxos (si alguno queda estos días) del liberalismo adamista.
Intentaron resolver la crisis del consumo; es decir, para que el mercado real crezca, había que crear consumidores, y para ello el Estado tenía que fungir de empleador.
A nivel internacional USA tenía que hacer uso de su poder, el New Deal y los acuerdos de Breton Woods (ya lo comentaremos), la protección arancelaria y el retorno de capitales.
En otras palabras, exportar su crisis.
Y el resto de países también tenían sus propias crisis, aunque poco les importaba.
Tampoco sirvió tal estrategia, no hubo manera.
Allende los mares, Alemania estrenaba un nuevo líder, Adolf Hitler, apoyado en principio por todo los Estados capitalistas con miedo al monstruo comunista en ciernes.
Ante el proteccionismo de USA, Alemania reaccionaría con una nueva política económica, el armamentismo.
Es así como USA encuentra una salida, arguye al patriotismo y ni Keynes lo puede evitar, será la Economía de Guerra el verdadero reajuste. Qué importarán los millones que mueran y la destrucción de los medios de producción, será en sacrificio del capitalismo que renazca, que, ya se entiende, no entiende de sentimientos, sólo de precios, que no de valor. Aunque, tal como sentenció Machado: es de necios confundir valor y precio.
Miguel Seguin






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