¿DEMOCRACIA REAL?

Podría ser un oxímoron, si se tomara la acepción de real por perteneciente a la realeza.  No obstante, al hacer un recorrido por algunos Estados europeos democráticos actuales, se verá que las monarquías supérstites cohabitan con parlamentos y se convierten así en monarquías democráticas, un oxímoron pleno, para algún pequeño burgués democrático.
Sea un régimen republicano o uno monárquico, ambos con parlamentos, son dos caras del mismo Estado burgués dictatorial que se disfraza con ese atuendo raído al que llaman democracia.
La leyenda cuenta que dicho término fue acuñado por los antiguos privilegiados de Atenas que, al decir de sus vecinos del Peloponeso, los espartanos, aquellos no eran más que hipócritas, ya que tras dicha palabra ocultaban el auténtico poder dictatorial de los ociosos que sólo tenían el supuesto mérito de haber heredado propiedades sin ni siquiera haber peleado por ellas y, obviamente, hacían de su organización política un auténtico gobierno de propietarios haraganes.
Los espartanos despreciaban a sus vecinos de la ática, no se reconocían helenos y eran nada pródigos en filosofía, aunque algo más espirituales; ejercían una monarquía centralista basada en una Economía de Guerra; tan centralista, además de endogámica, que terminó por agotarse en sí misma.
Esparta derrotó a Atenas en el campo de batalla y, posteriormente, fueron los macedonios los vencedores que, a la vez, continuaron la tradición; no la ateniense, más bien la espartana; y sumaron a su Economía de Guerra la expansión conquistadora a mayor escala.
Cuando el dominio macedonio llegó a su decadencia, debido a la paradoja de su propia expansión, los antiguos colonizados de la llamada Magna Grecia, tomaron el relevo.
Una nueva alianza, proveniente de la península Itálica, se haría con el dominio. En su colonización ya habían asimilado el panteón mitológico griego, más nunca tomaron en valor, para su organización interna, el modismo de los hipócritas atenienses; ni siquiera en sus devaneos republicanos que dieron luego con un nuevo Imperio, tirano y despótico.
Los posteriores reinos surgidos del declive imperial, terminarán por evolucionar hacia el llamado absolutismo ilustrado, que sin maquillaje proclamaba su despotismo con aquella frase: Todo para el pueblo, pero sin el pueblo.
Democracia ni siquiera formó parte del reclamo de los revolucionarios republicanos del XVIII, que no sumaron dicha palabreja a su lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
Fue la reacción burguesa contrarevolucionaria la que, al intentar organizar el nuevo Estado que surgía de las cenizas del llamado Antiguo Régimen y atar al pueblo insurrecto para evadir el peligro de que la revolución fuese en su contra, busca un término lo suficiente demagógico y manipulador, y así construye un sistema bajo el cual ejercerá su propia dictadura.
Tal como los hipócritas atenienses, la burguesía contrarevolucionaria convenció al pueblo analfabeto con el falso concepto de que democracia significa el gobierno del pueblo.
Aquél disfraz, ahora raido y descolorido, ha servido como amparo para el desarrollo de la tiranía de la ganacia de la burguesía ociosa; que sumó al supuesto mérito de heredar su capacidad de acceso al capital.  La burguesía es por naturaleza improductiva y su sistema, el capitalismo, se basa en la apropiación de la plusvalía de los que realmente generan valor.
La farsa de ligar democracia con igualdad de oportunidades, sólo ha servido para la movilidad social de los supuestos representantes del pueblo, que adhieren al sistema como sirvientes bien pagados para el soporte del mismo.
La democracia requiere del circo de la alternancia, con lo cual, construye partidos burgueses, unos llamados de derecha y otros llamados de izquierda, ambos comprometidos con la defensa de la dictadura de la burguesía.
Al capitalismo especulativo actual en decadencia, que no basa la generación de riqueza en la generación de valor, se le hace imposible ya ocultar sus zarpas, y ante el peligro por su supervivencia prefiere la destrucción del valor antes que de su riqueza.
Ante tal perspectiva, toca una nueva revolución.
A la clase obrera, la que realmente genera valor, le incumbe, primero, reconocerse como clase social independiente de la burguesía y de los partidos políticos de ésta, llámense de derecha o de izquierda; liberarse también de las burocracias sindicales, que son parte del sistema y profitan del mismo; requiere construir su propio partido, aquel que lidere a las demás clases oprimidas por el mismo sistema.
Solo el partido independiente de la clase obrera será capaz de lograr la liberación de las fuerzas productivas de la atadura de la miseria burguesa ociosa y especulativa; y con ello, la liberación de la farsa de su democracia y construir un Estado basado en su propia dictadura, sin ambages ni disfraces, que, a diferencia de la dictadura de la burguesía, será el auténtico ejercicio de la que podrá llamarse democracia obrera, liberadora de toda sujeción y cuyo horizonte sea la desaparición de todas las clases y del mismo Estado.  Será dar el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad.









Izquierda-Derecha, Arriba-Abajo

Parecería parte de una tabla de ejercicios que cualquier monitor aplicaría en algún gimnasio; mas no, ambas dicotomías forman parte de los paradigmas de confrontación política por parte de PSOE e IU,  respectivamente, de cara a las elecciones de noviembre.
Pare el PSOE, en voz de Alfonso Guerra, el enemigo es la derecha,  léase  PP;  reconociéndose  ellos, obviamente, como la alternativa de la izquierda.
El vocero de IU,  Cayo  Lara, define que la  contradicción  se halla en el enfrentamiento de los de arriba, léase PSOE, PP, contra los de abajo. Los de arriba serían los ricos y banqueros o esa nueva  indefinición  a la que llaman los mercados. Quedarían ellos, IU, como  representantes  de los de abajo.
El PSOE acusa que el programa político de lo que llaman derecha implicará la aplicación de la doctrina económica liberal ortodoxa; lo dice el partido político que ha gobernado en defensa de los banqueros y la gran burguesía, a órdenes de las burguesías imperialistas alemana y francesa y a placer del imperialismo de USA.
IU se precia de representar a los de abajo; sin embargo, su portavoz en el Congreso,  Gaspar  Llamazares, posee, además de propiedades, un capital acumulado de € 300.000 en depósitos a la vista; o sea, que  reditúan  y lo convierten, tanto en el Estado español como en China, en un capitalista.
Las tres siglas sumadas: PP, PSOE e IU, son el espectro político estatal que ha gobernado desde la implantación de ese apaño a espaldas de la población que dio como resultado el texto  sacralizado  y violado al gusto que llaman Constitución.
El marco del Estado burgués lo define tal Constitución, y el espectro político estatal, las tres  agrupaciones, son defensoras de aquel panfleto legal.
Al PP, PSOE e IU, sólo les motiva acceder a una  curul  y cumplir su principal labor: la protección del patrimonio de la burguesía del Estado español y de Europa.   Los dos primeros, en esa pantomima de gobierno-oposición, y el tercero en su labor de  Pepito  Grillo.
Lo que de verdad intenta ocultar ambos paradigmas, es el hecho de la existencia de clases y, en el sistema actual capitalista, la lucha de las dos principales clases: la poseedora de los bienes de producción y capital y la vendedora de su fuerza de trabajo.  Por no reconocer clases ahora usan la burda definición de agentes sociales.
PSOE hace ya mucho que renegó de la lucha de clases y se comprometió en la defensa del capitalismo y su Estado.
En IU, no es de extrañar que el Partido Comunista estalinista intente distraer de la pugna política de clase; dominan una central sindical en su rastrera labor de evitar la politización de la clase obrera y el surgimiento de una auténtica vanguardia política que conduzca a la revolución proletaria.
Los representantes al parlamento burgués que surja a partir de noviembre, además de ver acrecentado su patrimonio, sólo justificarán el raído disfraz de democracia que camufla la dictadura de la burguesía.
La burguesía ya tiene sus partidos que la representan y defienden; toca a la clase obrera dotarse de su propio partido, la vanguardia que guíe al resto de sectores explotados y  desclasados. Es la única alternativa al capitalismo.
La patraña de izquierda o derecha, arriba o abajo, es el timo de los políticos profesionales de izquierdas que la propia lucha de clases se encargará de barrer.








DOMOCRACIA: GOBIERNO DE   PROPIETARIOS
Jamás Platón ni Aristóteles, en sus elucubraciones sobre el Estado y el Gobierno ideales, tuvieron en consideración a quienes, por no poseer, ni siquiera detentaban un nombre propio.
Los discípulos de ambos filósofos, como ellos mismos, pertenecían al sector ocioso de la sociedad: hijos de aristócratas rentistas o de comerciantes ricos.
La Grecia antigua era una sociedad esclavista, y los verdaderos generadores de valor, los esclavos, no participaban de las decisiones de la cúpula. La Democracia griega tiene este origen espurio.
La manipulación burguesa ha conseguido que el término Democracia se reconozca como el gobierno del pueblo, queriendo hacer entender con ello que implica a toda la población.
Quizá la artimaña tenga su origen en la traducción sesgada del griego al latín; y en donde demos se establece por pueblo, se obvia que tal vocablo esté vinculado al domos, de propiedad.
La Democracia sería, más bien, la Domocracia, el gobierno de los propietarios.
Lo acaban de constatar las declaraciones patrimoniales de las señorías del Parlamento burgués del Estado español.
Los partidos de la burguesía, PSOE, PP y los nacionalistas regionales, así como también el espectro de la llamada izquierda; todos ellos disfrutan de patrimonio, rentas y acumulación de capital.
Mientras se reducen los salarios a la clase obrera, a la pequeña burguesía y a la burocracia no privilegiada; mientras se alivia la caída de la tasa de ganancia de la burguesía con despidos; mientras se ejecutan desahucios; las señorías gozan de buena salud patrimonial y económica. Algunos de envergadura insultante.
Tal Parlamento, queda obvio, no es representativo de la sociedad. La arenga de la pequeña burguesía radicalizada: ¡No nos representan!, toma sentido.
Los lacayos de la burguesía justifican el alarde patrimonial tildándolo inclusive de ejercicio de transparencia.
Para estos recaderos, sus señorías, además de sus sueldos nada comparables con la media de los trabajadores, además de sus prebendas en viajes y viáticos, además de sus extras y jugosas jubilaciones, cuando no migración a empresas multinacionales, tienen justificado tal status debido a su abnegada labor de representación del pueblo. Es más, argumentan que en el llamado por ellos sector privado obtendrían mucho más compensaciones.
Comprenden que en una época de crisis, en la que como única fórmula de la burguesía es que paguen los que menos tienen, pueda herir sensibilidades. Hasta rezuman cierto sentimiento de culpa.
Para salvar la conciencia hacen uso del cinismo cristiano; aquel que, por arte del birlibirloque y con la señal de la cruz, redime de la culpa con la confesión de ella.
El Parlamento burgués del Estado español responde ahora a quien representa: a la burguesía y su oposición; la derecha y la izquierda. Ambas patas defensoras del mismo Estado del cual profitan.
¡El enemigo es la derecha!, lanzó como soflama Alfonso Guerra ante mineros aborregados de la UGT, lo hizo quien fue cómplice en Suresnes y en el Gobierno de Felipe González, gobierno que empezó las privatizaciones de las Empresas Públicas, que luego terminó hasta entregar a sus amiguetes los pendientes de la abuela, su continuador Aznar.
El enemigo de verdad es la burguesía y los partidos que sustentan su Estado, PSOE, PP y todo el espectro de la izquierda ya comprometida, ya vendida y también propietaria y rentista, que cumple la ignominiosa labor de intentar justificar un Parlamento y un Estado que no representa a la sociedad.
El ejercicio de la Política en el Estado español es escaso; a la muerte de Franco se generaron grandes expectativas, inclusive de un cambio de régimen con la posibilidad de abolir la monarquía.
La traición de los que por entonces se reconocían como la izquierda, PSOE y PC, en los Pactos de la Moncloa, no sólo frustró tales expectativas sino que produjo la inmovilización de la clase obrera y sectores de la pequeña burguesía radicalizada al atar toda salida posible a unas elecciones amañadas por los mismos partícipes del Pacto.
De tal Parlamento bastardo, una Comisión frabricó la actual Constitución que, entre otras joyas del franquismo, mantuvo la monarquía y el vínculo con la Iglesia católica. La única participación que se permitió a la población fue confirmar mediante referendum tal cocido burgués aderezado con la anuencia de la izquierda.
La supuesta intocable Constitución, ha sido modificada al deseo de las burguesías centrales de Europa, esta última vez sin ni siquiera maquillarla con el refrendo público.
El asambleísmo resurgido actual, es una manifestación del deseo de participación en la Política de sectores pequeño burgueses empobrecidos por la crisis económica que les recorta derechos. Y es legítimo.
Se hace necesaria la participación de la clase obrera como la llamada a liderar a todos los sectores de la sociedad porque es la única que tiene como alternativa la desaparición del Estado burgués, por mucho que les duela también a los de la izquierda que sólo aspiran a una curul más.
La forma asamblearia hará posible escapar de la atadura de las direcciones obreras, UGT, CCOO, que están comprometidas con el Estado burgués.
La Constitución actual no merece ningún respeto, lo demuestra la propia burguesía que la modifica cuando quiere.
El asambleísmo, liderado por la clase obrera, podrá estimular un mayor ejercicio de participación y compromiso de quienes tienen vedada la Política: la propia clase obrera y la pequeño burguesía dispuesta a la revolución.
Una Asamblea Estatal, que convoque a los sectores que ahora no tienen voz ni voto y que discuta hasta las bases o necesidad de Estado, será la mejor demostración de participación en la Política. Una Asamblea Estatal con plenos poderes, sin monarquía ni Parlamento.
Para las vanguardias obreras, Partidos de clase o Asociaciones, como para la misma clase obrera y la pequeña burguesía radicalizada, será un magnífico ejercicio de lo que supera a la Domocracia burguesa: la Democracia obrera.








LA IDEOLOGÍA DE IZQUIERDA

El concepto de izquierda está asociado en sus inicios a un sector de la Asamblea Nacional del París revolucionario del siglo XVIII.
Los jacobinos, pequeño burgueses ilustrados que encarnaban de manera ortodoxa los ideales de la burguesía revolucionaria y que entendían que el triunfo de la Revolución dependía de la destrucción de raíz de todo el antiguo régimen absolutista. Incluida la desaparición física de la monarquía.
Sus oponentes, los girondinos, proponían una salida intermedia. Un apaño al estilo inglés con su monarquía constitucional. En la Francia revolucionaria de entonces no era posible.
El triunfo de los jacobinos implicará la instauración de la dictadura de la burguesía en contra del absolutismo monárquico. Tal dictadura se manifestará en lo que se ha llamado Época del Terror.
Esa fue la burguesía revolucionaria.
A pesar de revisionistas de toda calaña, la República burguesa de Francia no puede negar el instrumento utilizado: el Terrorismo de Estado para intentar eliminar todo resto del antiguo régimen. Y, al parecer, se quedó corta.
Los actuales críticos del jacobismo no son más que la demostración patética de que la burguesía ya no se siente orgullosa de sus orígenes. La burguesía ya no es revolucionaria, su Estado es el actual Estado a destruir.
La burguesía no jacobina, ya en el poder, ha modernizado los valores ideológicos del antiguo régimen.
El instrumento de opresión por excelencia que es la ideología, todavía cuenta con aliados como la Iglesia y una recua de juristas relatores de leyes y normas con los que disfrazan su dictadura.
La izquierda jacobina, ha quedado en la Historia como el reflejo de la ortodoxia doctrinal, jamás degeneró en ideología.
Las izquierdas actuales tienen diferentes vertientes. La socialdemocracia ha sido, y sigue siendo, un gran soporte de la burguesía; además de que aportó argumentos sociológicos derivados de sesudas investigaciones en la sociedad con el conocimiento previo de conceptos marxistas como la lucha de clases.
Sólo que, mientras para el marxismo el reconocimiento de la lucha de clases lleva inevitablemente a la revolución proletaria, estos sesudos, con la misma información, hacen todo lo posible por evitarla.
Estas izquierdas no aportan ideología, son parte de la misma ideología del Estado burgués opresor.
El cambio vino con el surgir de la primera Revolución proletaria y su posterior traición stalinista.
Stalin, mediocre y opaco, era conocido por su eterna sumisión a Lenin, hasta que, mediante maniobras obtuvo el Poder y la ocasión de perennizarse como casta corrupta, traicionando con ello a la Revolución obrera, al Partido Bolchevique y también a sus propios colaboradores.
Uno de ellos, Bujarin, de quien Lenin dejaría escrito: no ha estudiado nunca y pienso que jamás ha entendido del todo la dialéctica, fue uno de ellos.
A la muerte de Lenin, se necesitaba falsear la doctrina que había llevado al partido bolchevique a comandar la revolución proletaria.
Nada mejor que alienar la doctrina mediante un encasillamiento o momificación de la misma.
Citas fuera de contexto y manipuladas dio con el engendro del nuevo corpus ideológico stalinista: el leninismo. Luego, para embuste mayor, le sumaron la raíz: marxismo. Y así quedó configurada la nueva especie.
Lenin fue literal y literariamente disecado. Convertido en icono, alzado a los altares, erigido en Tótem omnipresente que tendría, obviamente, un vicario en la tierra: Stalin.
Bujarín fue quien elaboró el esperpento al que llamaron leninismo, Stalin era incapaz de coligar dos ideas de supuesta coherencia; cometido el primer crimen, Bujarin tendría el camino abierto para su posterior aberración doctrinal: El socialismo en un solo país.  Despojado de utilidad, Stalin lo eliminaría y se apropiaría del engendro.
Otro místico, discípulo por entonces del vicario, Mao, hizo lo suyo y, con el pragmatismo extraído de sus meditaciones confusianas, redujo la doctrina marxista a cinco tesis.
Esta nueva fe requería de propagadores: Harnecker y Politzer, cumplirán fielmente su cometido. Explicar hasta la saciedad una doctrina, desmembrarla, descuartizarla, para así lograr el propósito de insertar de contrabando en ese engendro ideológico una nueva verdad: la infalibilidad de Stalin.
Esta supuesta nueva ideología surgía con más ímpetu, ya que llevaba consigo el prestigio de revoluciones triunfantes.
Le daría un nuevo empuje a la izquierda y, aliada o parte de ella, estarían desde entonces a un único cometido: evitar la revolución obrera.
La socialdemocracia traicionó las revoluciones de la clase obrera europea, llevó al sacrificio a millones de militantes entregados al fascismo y nazismo, y la comprometió en la primera guerra imperialista. Con ello se ganó el respeto de la burguesía y un lugar compartido en los gobiernos de la dictadura burguesa.
El stalinismo traicionó a la clase obrera y a la primera revolución triunfante, llevó al sacrificio a millones de militantes comunistas en la segunda guerra imperialista. Se ha ganado el prestigio ante la burguesía y hoy su lugar es el de guardián en las organizaciones obreras para evitar cualquier posible brote revolucionario.
La vanguardia de la clase obrera no tiene ideología, posee una doctrina viva e instrumentos de análisis de la sociedad y el pensamiento con el materialismo histórico y el materialismo dialéctico
La clase obrera por sí sola es incapaz de hacer una revolución.  El instrumento es su vanguardia organizada en Partido político, con el propósito de combatir en sus filas a la izquierda, derrocar a los partidos de la burguesía y establecer su dictadura que, a diferencia de la burguesa, destruye el Estado y no se perenniza en él.






Lucha de frases o lucha de clases

En La ideología alemana, Marx toma distancia de los llamados jóvenes hegelianos en su disputa dialéctica con los obviamente llamados viejos hegelianos acerca de la veracidad en la realización de la filosofía en la sociedad prusiana de entonces.
Los viejos, definían al Estado monárquico, con el carca Federico Guillermo III, como el cúlmen de sociedad posible, mientras que los jóvenes, ante la persistencia de pobreza, censura y sectarismo luterano, mantenían una postura crítica y demandaban reformas al mismo Estado.
Marx, con fina ironía, alude que sus antiguos compañeros resumían toda su crítica a conceptos referidos a la moral y la justicia. Supuestos superadores de Hegel, demostraban ser más bien los auténticos conservadores, a pesar de toda su fraseología revolucionaria, al reducir todo su reclamo en una reinvindicación por una conciencia humana.
Lo patético resultaba que los jóvenes argüían que los viejos sólo ofrecían frases, a lo que Marx ironizó que ellos se oponían a las mismas con… otras frases.
Por cierto, los jóvenes también eran llamados hegelianos de izquierda, opuestos, obviamente, a los de derecha.
Con respecto a la conciencia, Marx, aplicando el materialismo histórico, dejará muy claro que está determinada por la ubicación del ser humano en el modo de producción y el ser social que ello determina y no a la inversa.
Con la aparición de la división del trabajo, la conciencia es despojada de su referencia real, expropiada al ser humano para encumbrarla a una esfera ocultista y supersticiosa, sólo controlada y descifrada por quienes son designados a hacerlo.
Surge la ideología que, con sus diversas manifestaciones alienantes como religión, moralidad, leyes, normas, etc., forma el corpus que sustentará las nuevas relaciones de propiedad.
La ideología es, pues, sólo un instrumento de dominación y justificación de los privilegios en la apropiación de la generación de riqueza.
Tanto los jóvenes hegelianos de izquierda, así como los viejos hegelianos de derecha, ambos, eran expresiones que se complementaban dentro del corpus ideológico del capitalismo prusiano. Marx y Engels no eran de izquierda, eran comunistas.
En la disputa dialéctica actual, han surgido conceptos tan abstractos como vacíos y que hacen referencia a una supuesta ideología de izquierda, en oposición a la que sería de derecha.
La fraseología es igual de hueca: políticas de izquierda, justicia social, derechos democráticos, reinvindicaciones sociales, progresismo, etc.
La diferencia es que los actuales ideólogos de izquierda no son hegelianos, provienen del estalinismo degenerado en democratismo popular.
De allí se entiende que la lucha de clases la hayan sustituido por esta nueva lucha de frases.
Tal sustitución lleva implicita la negación de la consecuencia primordial de la lucha de clases: la revolución proletaria y el establecimiento de su dictadura que expropie los medios de producción a la burguesía.
Si la ideología es un instrumento de dominación, en el capitalismo actual tiene sus dos vertientes complementarias: la izquierda y la derecha.
Cuando Marx y Engels toman distancia de los ideólogos de izquierda de su época, se aplican en el análisis de la sociedad con el instrumento científico del materialismo histórico. La lucha de clases no es un puro invento teórico, proviene de la constatación en la realidad de la ubicación de los diversos seres sociales en relación a los medios de producción. Marx y Engels, optan por el proletariado que tiene como única alternativa la abolición de la propiedad y con ello la liberación de los mismos medios de producción de la atadura mezquina de la ganancia de la burguesía.
La crisis del capitalismo actual, no es la misma que la del siglo XIX; sin embargo, tiene los mismos ingredientes: monarquías en connivencia con la burguesía y el proletariado que tiene como sustento el salario que se ve recortado, cuando no directamente el despido, todo en aras del mantenimiento de la ganancia del burgués.
El capitalismo ha conducido a una mayor centralización y concentración de la riqueza con el consecuente crecimiento de un sector pequeño burgués desclasado, en contínua pauperización y radicalización al no ver sus alternativas satisfechas.
La crisis del capitalismo actual, se distigue por el ingente capital ficticio y necesariamente especulativo no vinculado a la producción. Mas capitalismo no genera empleo y mucho menos valor real.
El proletariado llamado a la revolución, carece de vanguardia política ya que sobre sus organizaciones parasita una costra podrida de izquierda cuyo compromiso con el capital es aislar a la clase obrera de su rol revolucionario.
Un primer paso será liberarse de esta lacra burocrática reformista de izquierda, dependiente y principal aliada del capitalismo.


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CAPITALISMO, PRODUCTIVIDAD Y SALARIO



La cancillera Angela Merkel, ante la crisis financiera del capitalismo europeo, lanza la sibilina idea de vincular los salarios a la productividad.
Los entusiastas del liberalismo ramplón agradecen de inmediato el aporte de quien fuera, en su exultante juventud, reputada discípula de Erich Honecker y militante reconocida de la FDJ, la juventud stalinista.  Aquél pasado queda sin interés ya que ahora demuestra ser una redomada liberal, defensora de la burguesía y su ganancia; eso sí, de la que le paga, la alemana.
Hoy, la antigua estalinista viene envuelta de un halo de prestigio debido, según sus adulones, a que ha podido encaminar por la senda del crecimiento a la economía alemana.
Lo que no dice la diva, ni tampoco sus acólitos, es que aquel crecimiento se debe a las exportaciones de maquinaria de producción, con alta concentración de tecnología, a la nueva y colosal compradora mundial: China que, una vez más, resulta ser la gran salvadora del capitalismo occidental.
La propuesta de la Merkel se enmarca en la necesidad de proteger el capital de los bancos alemanes prestado especulativamente en los que ahora llaman países periféricos; queda patente que la llamada Unión Económica Europea no es una unión entre iguales; desde su origen, sólo es una componenda de los capitalismos alemán, francés e inglés, el resto es periferia.
Para salvar tales capitales especulativos, ante el peligro de quiebra y no pago por parte de las economías de segunda, el Ejecutivo europeo de Bruselas, pagado por los capitalismos centrales, promueve la burda estrategia liberal: ajustar la economía de los deudores; esto es, reducción del déficit presupuestario.
Los economistas liberales de la periferia, siempre de acuerdo con quien manda, entienden que tal propósito se traduce en la reducción del gasto público; o sease, reducción de salarios y menor cobertura en lo que llaman protección social.  En el capitalismo, quien paga es siempre quien menos tiene.
Ahora bien, la enigmática propuesta de vincular salarios con productividad deja a estos economistas segundones en evidencia, ¿cómo aplicar tal galimatias?
¿Cómo medir la productividad de un empleado postal?, ¿cómo medir la productividad de un administrativo?, ¿y la de una secretaria?, ¿cómo medir la productividad de un empleado de la limpieza?
Queda claro que el exabrupto de la Merkel es un remanente de su aprendizaje sobre economía planificada de la época del desarrollismo de la RDA.
La productividad sólo es medible en quienes generan con su trabajo bienes de uso y con ello plusvalía, de la cual se apropia el capitalista y le llama ganancia.  Es la base del capitalismo.
La burguesía, por ejemplo, no genera valor alguno, la burguesía es improductiva y nada medible productivamente.
La Merkel, dijo productividad cuando debiera haber dicho ganancia.
Tal vínculo sí que deja clara la intención de la burguesía: a mayor caída de su cuota de ganancia mayor ajuste en los generadores de valor, ya sea mediante el aumento de la intensidad en la explotación, que es el aumento de la productividad, o reducción en los costes y los salarios, que implica bajada de salarios o simple despido.
Para el capitalista, el salario del trabajador es un mero coste más,  tan variable como lo sea su ganancia.
La Merkel no proclama nada novedoso, confunde los términos ya que es menos decoroso hablar de ganancia y sí que lo es hablar de productividad; la estalinista se confunde con la luterana.





¿QUÉ CRISIS?

El mayor conglomerado del lujo, LVMH, (más conocido como Luois Vuitton), anuncia que se fagocita a Bulgari, otra de estas firmas cool, por 5.000 millones de dólares. No debe sorprender tal número luego de saber que la misma facturó en 2010 la cantidad de 28.000 millones de dólares.
¿Qué hace crecer a esta compañía que exclusivamente vende bolsos y atuendos de piel, joyas, licores, etc; o sea, sólo bienes de uso para la ostentación?
A este dato se añade que la venta de coches, yates y avionetas, todos de lujo, no ha dejado de aumentar en los últimos años, a pesar de la llamada crisis económica.
Está claro, en el capitalismo el mercado suntuoso sólo conoce de crecimiento.
¿Y quiénes son sus usuarios?
1.- Deportistas de élite, la mayoría residentes en paraísos fiscales para evadir impuestos; personajes de la estupidez mediática, que rentan de su miseria humana; futbolistas, con sus contratos por encima de siete cifras; cantantes con hueco y estúpido contenido; cineastas en su ejercicio del pathos vacuo; escritores a la búsqueda de lograr su best seller, en el que se compre su cinismo; artistas plásticos que sólo reflejan su propia decadencia, y un gran etcétera; todos son parte de ese ejército privilegiado y bien pagado de la alienación ideológica del capitalismo.
2.- La élite burocrática; con quien la burguesía entendió que debía de compartir beneficios y también asimilarla al poder, cuando la estrategia del decrépito liberalismo cogió algún respiro con la defección de los herederos del estalinismo; ahora enriquecida en el afán privatizador, con sus consentidas prebendas de millonarios pluses, bonos, contratos blindados y sus insolentes indemnizaciones y fondos de jubilación.
3.- Los profesionales de la política y su circo al que llaman democracia, ese raído y espurio disfraz de la dictadura burguesa, en donde las izquierdas y las derechas conforman el mismo abanico que da soplo al capitalismo. Facciones corporativas y bien pagadas, ambas corruptas; actores y actrices del mismo corpus circensis.
¿Y quién paga todo este circo?
El capitalismo en su proceso de acumulación, que es parte de su decadencia, ha generado una burguesía ociosa, improductiva y rentista que alimenta el valor especulativo; a la que los felones economistas llaman inversores y a la que los políticos administradores del sistema capitalista toca proteger.
A la usanza de la Roma imperial en declive, cuando ya no celebraba conquistas y en su manipulacion por mantenerse en el poder utilizaba y pagaba a estereotipos; unos vacios y memos, otros profesionales y envilecidos; que se jugaban la vida por los grandes ociosos en el poder. Esa Roma estéril desapareció, como todo destino de los sistemas caducos.
El capitalismo en su agonía, en su incapacidad de generar valor real, sólo ha engendrado valor ficticio y especulativo, y con ello ese sector privilegiado, ocioso e improductivo; eso sí, con capacidad de pago para defenderse.
Sus tecnócratas bien retribuidos aligeran su carga tributaria con bajada de impuestos directos y exenciones al patrimonio; con la mengua en lo que llaman gasto social, que es la bajada de salarios y pensiones; el aumento de impuestos al consumo y el mejor ofrecimiento: el despido barato; es el llamado libre mercado que se aplica sólo para perpetuar el poder burgués.
Ante ellos: los desempleados con sus misérrimas y vergonzosas subvenciones; los atribulados desahusiados de sus sueños de propiedad; la burocracia sin privilegios, estancada en sus pagas; los asalariados a quienes no les queda otra opción que ceder y no reclamar por sus derechos con tal de conservar su puesto laboral; todos ellos parte de ese sector desclasado y frustrado en su falso sueño de ascensión social.
Y todos supuestamente amparados por unas centrales dizque defensoras de los derechos del trabajador. Cooptadas por el capitalismo, financiadas por el capitalismo, defensoras de sus propios privilegios burocráticos y por eso comprometidas con el capitalismo.
Frente a todos ellos se hallan quienes tienen capacidad de generar valor real, de revolucionar el sistema opresivo, explotador, rentista y especulativo del capitalismo.
Sólo la clase obrera independiente, sin compromiso con el capital, sin venderse al capital, consciente de su liderazgo, será capaz de romper el yugo que ata a las fuerzas productivas de la voracidad de la ganancia del capitalismo.
Será cuando el lujo troque en riqueza de bienes de uso productivo, cuando la ostentación desaparezca en aras de la abundancia; en fin, será cuando pasemos del reino de la necesidad al reino de la libertad.






Capitalismo y desempleo

Como parte del discurso de los todavía áulicos del liberalismo, persiste la monserga que es el capitalista quien con su inversión crea empleo al trabajador y con ello, a su vez, produce riqueza.
Como surgidos por generación espontánea o, más bien, por el supuesto diseño inteligente, estos factores de producción, según su jerga ascéptica para no referirse a clases sociales, concurren de manera fortuita en el proceso productivo. El Capital; aportando los medios de producción necesarios, y el Trabajo; aportando la fuerza laboral transformadora.
Ante tal escenario, el Estado sólo tiene la labor de regular el funcionamiento de la sociedad sin intromisión en la Economía
Con tal teoría, se intenta justificar que el plusvalor generado en el proceso productivo pertenece NO a la clase obrera que con su tiempo de trabajo ha producido tal valor añadido, sino a la clase propietaria de los medios de producción que ha comprado, mediante un salario, tal fuerza productiva.
¡Es el Capitalismo, estúpido! Diría aquél, parafraseando a Clinton.
En los albores del mismo, cuando el propagandista liberal Adam Smith propaló la consigna del laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar), el sustantivo desempleo no existía en los diccionarios para quienes el adjetivo salvaje significaba jornadas de 20 horas y salarios reducidos para niños y mujeres (en base a la valoración de su menor capacidad de producción, a lo que luego llamarían menor productividad) El empleo no era considerado, precisamente, un regalo divino, más bien una condena bíblica. El aparato ideológico del Estado ya se ocupaba de plantear la resignación, a la espera, para aquellos miserables, del consuelo en una futura recompensa celestial, obviamente después de muertos.
Época de crecimiento incesante, enormes beneficios y mayor acumulación.
No fue hasta finales del siglo XIX, con el logro de la jornada de 8 horas y a costa de la ejecución de obreros anarquistas en Chicago, que las condiciones del factor Trabajo tuvieron un cambio.
Para entonces, la colonización imperialista aseguraba los insumos necesarios para el crecimiento, hasta el punto de generar una crisis de sobreproducción. Los mercados internos eran insuficientes para absorber la ingente producción. Y aquello significaba menor ganancia para el capitalista.
La necesaria expansión de capitalismos nacionales hacía forzosa la conquista del mercado interno de otros capitalismos. Las leyes de la libre competencia, dirían.
Es así como se llega a la Primera Gran Guerra, la razón fundamental era una disputa entre capitalismos (o imperialismos, como dijo Lenin)
Y los obreros, además de productores, fueron convertidos en milicia, con el objetivo de destruir los medios de producción de los capitalismos rivales.
El Capitalismo como sistema, tan ávido en generar riqueza y medios de producción, esta vez tenía la consigna de destruirlos, fue su última fase de desarrollo, ya no sería jamás una posibilidad para el crecimiento económico; se convirtió en un factor, además de destructivo, represor del mismo desarrollo de las fuerzas productivas. Era el inicio de su agonía
El periodo de Entreguerras sería sólo un acápite. Tiempo en el cual surgieron posibles salvadores con diversas teorías, que sólo fueron, y siguen siendo, diversas formas de maquillar un cadáver.
En la actual etapa, el Capitalismo especulativo, basado en un crecimiento contable y ficticio, lleno de teorías econométricas inservibles y desvinculado de la generación de valor real, destruye el factor Trabajo.
A sus míseros teóricos sólo les queda argumentos mendaces y demagógicos tales como la flexibilización del mercado laboral, que no es otra cosa que destruir de manera barata el empleo… ¡y dizque para generar más!
La concentración económica es la demostración de que el Capitalismo sólo quiere conservar el derecho a su plusvalía, que ya no tiene nada que ver con la generación de valor y mucho menos de empleo.
Ahorro, optimización y productividad, entre otras palabrejas de los todavía teóricos, sólo son términos vacíos y falaces que ocultan su miserable condición de secuaces falsificadores de la debacle capitalista.
Sólo la clase obrera, productora y creadora de riqueza real, es la capacitada, en esta fase del Capitalismo, de liberar a las fuerzas productivas; y ello implicará liberarse de aquella clase propietaria, miserable y manipuladora, además de pertinaz en su incapacidad, que se niega a que desaparezca el privilegio de su apropiación de la plusvalía, se niega a entender que es la que obstruye el crecimiento, se niega a desaparecer.
Time of adventures, time of revolutions.





Inflación: ni contigo ni sin ti

Los acólitos del liberalismo conservador, recurren a la entelequia del diseño inteligente para explicar el origen del universo y para interpretar los fenómenos económicos arguyen a la libre concurrencia y el caos; cuando, si acaso, tendrían que plantear justamente lo inverso.
Estos frustrados equilibristas, han expuesto diversas teorías aleatorias sobre cómo, si acaso algún día, puedan vaticinar el momento en que un ciclo expansivo se convierte en recesivo y viceversa.
La supuesta teoría econométrica no es más que la suma de estadística y los pronósticos de algún vidente, en la búsqueda frustrante de un sistema funcional.
Durante el último, según ellos, ciclo expansivo; basado, cómo no, en la especulación crediticia; los antes odiados y hoy reverenciados organismos de regulación, los Bancos Centrales, tenían siempre en la diana el temible fenómeno de la inflación.
Ante ella era enfocado todo su arsenal que no era otro que aplicaciones restrictivas monetaristas.
Y, sin embargo, la inflación está en el mismo germen del desarrollo del capitalismo especulativo.
Lo paradójico se hace pantente en el hoy discutido instrumento de medición del crecimiento: el PIB
En tal instrumento, la variable fundamental es la suma de los valores monetarios -o sea precio- de los bienes producidos en un territorio en un lapso de tiempo; algún despistado podría colegir que a mayor precio mayor crecimiento, pues no es así!
En principio, el capitalismo no busca el crecimiento sólo la ganancia, de allí que sea puramente especulativo y su desarrollo no esté basado en la llamada Economía real.
Para su estrategia especulativa, la inflación generaría una pérdida de valor de mercado de su bien más importante: la moneda. He allí su drama.
La pérdida de valor de la moneda reduce, entonces, la ganancia monetaria, de allí que se hayan cuidado hasta la tozudez con respecto al control inflacionista; a costa, inclusive, de estancar el mercado crediticio y generar una aparente carencia de liquidez.
Hoy, estos afligidos hacen lo contrario, se trata de otro ciclo dirá el obsecado, y, ni por esas, tampoco resulta el remedio.
Hoy se cierne otro peligro y quizá de mayor empaque: la temible deflación.
Ésta, que es, precisamente, el fenómeno contrario a la subida de precio, amenaza, además de recesión profunda, con la pérdida continuada de valor de su bien más preciado: el capital.
Hoy estos videntes añoran a la otrora repudiada, repelida, denostada y ahora nunca bien ponderada inflación.
Es la prolongada agonía del capitalismo y la eterna condena de estos funámbulos.

Miguel Seguin



América Latina y la crisis financiera

Analistas entusiastas pronostican la pronta salida de la crisis por parte de las economías de América Latina; es más, la senda del crecimiento se vislumbra pronto en el horizonte, según estos zahoríes.
¿Y a qué se debe tal optimismo?
El superávit de los antiguos conspicuos deudores es la mejor demostración de haber hecho bien los deberes.
¿Y cuáles fueron estos deberes?
Desde finales de los ochenta, los gobiernos de América Latina emprendieron la supuesta nueva estrategia privatizadora. Esta consiguió sus frutos, saldar una secular e injusta deuda externa y conseguir un posible equilibrio monetario. Todo esto a costa de vender las joyas de la abuela.
Sí, lo vendieron todo, o casi todo, el concepto manido nacional trocó en reservas.Y estas mismas son las que han hecho posible protegerse del vendabal de la crisis financiera de las metrópolis.
Cuando unos bancos de apellidos anglosajones quebraron, tal quiebra no tuvo la misma resonancia en los trópicos.
Salvo México (otra vez, su lejanía de dios y su cercanía a USA lo condena), las demás economías se mantuvieron lejanas a esa crisis que viene de un excendente especulativo.
Eso sí, hubo un momento crítico cuando las exportaciones bajaron; las compras de las metrópolis entraron en una fase recesiva.
Y para ello, vino bien haber cumplido los deberes, había ahorro, reservas y, sobre todo, la posibilidad de estimular el mercado interno, algo que las economías centrales sólo podían en parte, dado que la recesión ocurre cuando no hay compradores.
En América Latina, hay muchos potenciales compradores, sólo hace falta integrarlos en el mercado.Y así se hizo, y de allí viene el supuesto crecimiento.
Ahora bien, cuando la principal economía consumidora, USA, restringe sus importaciones, devalúa su moneda; o sea, otra vez más, exporta su crisis, América Latina tiene que buscar otros compradores. Es cuando surge un mejor cliente, con las mismas ansias conquistadoras de Roosevelt, que sólo tenía un garrote.
China, esa pragmática budista, como el antiguo sacerdote Mao, surge como insurgente salvador de las exportaciones.
China misma tiene un mercado propio vírgen, con lo cual, capacidad de desarrollo propio y, sobre todo, necesidad de crecimiento, es la mejor socia consumista de bienes primarios.
Y desbanca a USA en América Latina como compradora, ¿de qué? de sus materias primas, de su petróleo, de su hierro, de su carbón, ¡vamos, más de los mismo! Sólo que ahora es un cuento chino.
América Latina saldrá de la crisis, tendrá crecimiento y un nuevo comprador.
Ya no será sólo inglés, habrá que aprender chino.





El crack del 29 y la crisis de valor

Aquel jueves de otoño boreal de 1929, en Wall Street, el gris del cielo se reflejó en los semblantes de
quienes creían que el precio alto de unos títulos en la borsa también significaba el crecimiento de valor.
Quedó como el jueves negro, aquel 24 de octubre cuando al cierre del mercado casi ningún título conservaba su precio.
La historia lo registra como el crack (quiebra), cuando el precio ya no se corresponde con el valor.
¿Qué diablos había pasado?
Si apenas un año antes la euforia inversionista, acompañada con la campaña electoral en USA ponderaba que el crecimiento era infinito, cuando Mr. Hoover, el elegido del Partido Republicano, prometía que la bonanza se extendería a todo creyente en la maravilla del capitalismo; en la base de que la palabra crédito tiene raíz en creer, y había que creer y había que invertir en esa creencia.
Y los bancos, fieles a la misma, también prestaban dinero para invertir; si la bolsa ofrecía a todos bonanza, por qué no participar de ella, así se hacía explícita la generocidad democrática del capitalismo, que todos pueden ganar. Los bancos, aquellos generosos, ponían precio, cómo no, a su crédito igualmente alto, y qué importaba aquello, si el mercado de la bolsa ofrecía mayores ganancias. ¡Vamos, todos a ganar!
Y fue la Reserva Federal, aquella inoportuna descreída, con el mismo Hoover a la cabeza y algunos escépticos economistas que inventaron el término burbuja (luego inventarían la teoría de los ciclos y otras más); ellos mismos, los impulsores de la bonanza, empezaron a descreer en el capitalismo. Si el precio de los valores subía como también el precio del dinero, cabría el peligro de inflación, aquel fenómeno detestable y evitable que podía romper el supuesto equilibrio.
Subieron el tipo de interés, y con ello surgió la debacle. Si el propio organismo creado para administrar el precio del valor desconfía de su crecimiento, entoces, no queda otra que también desconfiar.
La paradoja es que era imposible administrar tanta bonanza. El capitalismo no puede mantener a tantos
ricos.
Y empezaron las quiebras, de bancos y de empresas, cierre de fábricas y desempleo consecuente.
Los escépticos pensaron que el capitalismo tenía que buscar el reajuste (otra nueva teoría), las quiebras y el desempleo serían de necesidad para limpiar el mercado demasiado especulativo.
Y así cuatro años, hasta las nuevas elecciones, de las que surgió, cómo no, uno del Partido Demócrata, Roosevelt. Y con él un teórico que ha vuelto a estar de moda, Keynes y sus propuestas intervencionistas del Estado, palabreja larga y detestada por los ortodoxos (si alguno queda estos días) del liberalismo adamista.
Intentaron resolver la crisis del consumo; es decir, para que el mercado real crezca, había que crear consumidores, y para ello el Estado tenía que fungir de empleador.
A nivel internacional USA tenía que hacer uso de su poder, el New Deal y los acuerdos de Breton Woods (ya lo comentaremos), la protección arancelaria y el retorno de capitales.
En otras palabras, exportar su crisis.
Y el resto de países también tenían sus propias crisis, aunque poco les importaba.
Tampoco sirvió tal estrategia, no hubo manera.
Allende los mares, Alemania estrenaba un nuevo líder, Adolf Hitler, apoyado en principio por todo los Estados capitalistas con miedo al monstruo comunista en ciernes.
Ante el proteccionismo de USA, Alemania reaccionaría con una nueva política económica, el armamentismo.
Es así como USA encuentra una salida, arguye al patriotismo y ni Keynes lo puede evitar, será la Economía de Guerra el verdadero reajuste. Qué importarán los millones que mueran y la destrucción de los medios de producción, será en sacrificio del capitalismo que renazca, que, ya se entiende, no entiende de sentimientos, sólo de precios, que no de valor. Aunque, tal como sentenció Machado: es de necios confundir valor y precio.



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El Manifiesto Comunista

Ya corría el 1842 cuando el joven Marx, discípulo de Hegel, empezó a tener algo más de preocupaciones acerca del ser. Ya no se trataría de Kant y su imanencia inconclusa, ni de de Nietzsche y Shopenhauer, todos ellos superados, en el sentido dialéctico, por el impoluto Hegel, exacto en su idealismo.
El joven Karl, se alía con el joven y rico Friedrich Engels, quien sí tuvo que pelear por ser reconocido revolucionario, y fue difícil.
Ambos, ya camaradas, en 1848, reciben el encargo de escribir un manifiesto de un grupo que llevaba el lujoso título de Liga de los Justos.
Y de allí surge aquel manifiesto.
Le quisieron llamar en principio socialista, lástima que, como hasta hoy día, tal nombre ya había sido robado por la burguesía (como los fascistas, lo nazis y los falangistas, que también se han dicho socialistas) De allí mejor llamarse comunistas, aunque se confundiera con el comunismo primitivo.
Y de ese Manifiesto surge el primer ensayo del materialismo histórico, de la manera como los comunistas entendían el desarrollo de la sociedad.
Y de allí leyó Lenin y descubrió que es importante saber en qué se diferencian para saber en qué se pueden unir.
Aquél fantasma se hizo real en la Revolución de octubre, en los soviets de las rusias, como antes lo vio el propio Marx, en la Comuna de París.
Desde octubre de 1917 ya no es un fantasma.




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TINTIN, LA PELÍCULA


Se estrena en la gran pantalla, y en versión 3D, el famoso personaje del cómic de quien hasta De Gaulle envidiaba su popularidad.
Con una ingente producción por parte de la fábrica de sueños de Spielberg, la expectativa es notoria.
Tintin es la creación del dibujante de tiras cómicas belga Hergé (George Remi)  Orgullo de Bélgica, de la reaccionaria valona y monárquica.
Georges Remi, era hijo de un pedófilo subliminal que se regodeaba en los vestidos femeninos, de aquella época, que vendía en una tienda para niños; heredó esa fijación y la sublimizó.
Hergé, ya joven, admiró y militó en la secta del inglés filo-nazi Baden Powell, los Boys Scouts.  De allí que Tintin sea un aventurero, traducción de scout.
A partir de entonces, Hergé siempre tuvo claro su público objetivo: la juventud adolescente e influenciable.
Para su propósito, creó la imagen de un jovenzuelo aparentemente inocuo, en algún momento lo representó de 15 años, asexuado y misógino.
A lo largo de toda su trayectoria, Tintin ha sido un oportuno instrumento de campaña política, tanto para desprestigiar como para adular.
Su primera aparición fue auspiciada por un diario dirigido por un cavernario cura anticomunista.  Era 1929 y el fenómeno revolucionario soviético promovía enjundiosos comentarios.
La primera labor de Tintin será desprestigiar al naciente Estado soviético, zahiriendo en los grandes fallos por la falta de que la revolución se expandiera al resto de Europa.  Y ese era el peligro a evitar.
La siguiente aventura será un panegírico a la monstruosa colonización belga del Congo; imbuido de paternalismo, exhuma loas a la supuesta culturización occidental de tribus que vivían en la ignorancia.
Luego irá contra un sector liberal norteamericano crítico con dicha colonización; y en un alarde de cinismo, hará una comparación de la colonización belga en el África y la anglosajona en América, obviamente en perjuicio de éstos.
Hergé, a pesar de sus simpatías nazis, eligió, en un inicio, defender a su monarquía ante el peligro de absorción por parte de la Alemania de Hitler ya en guerra.
Nada de esto impidió a Hergé que cuando Bélgica fue invadida, se reconvirtiera en fiel colaborador nazi y así Tintin se hizo más internacional.
Mientras duró la ocupación, Hergé fue elevado a la categoría de culto, de maestro infantil que reivindicaba la superioridad aria; eso sí, disfrazada de un supuesto asombro inocente y paternal ante lo primitivo y atrasado; no hubo mejor ejemplo de xenofobia subliminal.
En la pos-guerra, Hergé será capaz de recolocarse sin problemas en la linea de los defensores de la libertad burguesa anticomunista.  Tintin volverá a las andadas.
Hará burla del estalinismo, apoyará al Tíbet contra el gobierno de Mao en China y hasta hará escarnio del gobierno cubano de los castristas.  Sus críticas no se dan desde una perspectiva constructiva, será en el ejercicio de su clara militancia ante la guerra fría.
Toda una labor de sustento ideológico en aras del occidente capitalista democrático y libre.
Esta nueva aventura guarda una paradoja, y es que la creación de un nazi antisemita, como fue Hergé, sea producida por un judío militante; al parecer, para estos sujetos, las pasiones encontradas pueden ofrecer ganacia comercial.





CAMPAÑA ELECTORAL 2011


Los principales partidos de la burguesía, PSOE, PP, han dado inicio a su campaña electoral con la presentación de sus respectivos spots televisivos.
Cada cual con su propio lema o consigna que resume, y queda claro que es así, el mensaje a lanzar.
El mecanismo  es común para ambos partidos de la burguesía: el uso del imperativo, típico en cualquier campaña electoral.  Lo destacable es la utilización en ambos partidos burgueses de la primera persona en singular.
El spot del PP no sorprende, intenta obviar la confrontación de clases, la lucha legítima de las clases sociales que es la base en la que se sustenta el capitalismo: la apropiación, por parte de la burguesía, de la plusvalía generada por la clase obrera en el proceso productivo.  Ante ello, el reclamo es por la concordia y el consenso; esto último como un claro guiño al 15M.
El más notorio de los spots pertenece al PSOE: la imagen de la criada que conduce al niño pijo que en un fingido inocente comentario condena no ya sólo a la propia mujer a un futuro idéntico de servicio, sino también a su descendencia.  Sin embargo, existiría una salvación, la posibilidad de la educación pública, la que es para todos.
Los militantes del PSOE se han visto identificados inmediatamente con tal mensaje; reivindica, dicen, la Educación Pública en comparación a la alternativa que tendría el PP de beneficiar a la educación privada.
Reivindica la Educación Pública, la misma de la que no hace uso la descendencia de los principales dirigentes del PSOE.
El mensaje se hace patético porque lo que en realidad resalta es la única alternativa que ofrece el capitalismo a la población no privilegiada: la ascensión social de manera individual.
Y es obvio que los dirigentes del PSOE se sientan identificados, todos han ascendido socialmente, se han enriquecido; han incrementado, de manera insultante algunos, su patrimonio, y para ello se han servido de su propio Estado burgués, en el que participan y al cual defienden; eso sí, han ascendido socialmente de manera individual; cada uno profitando del sistema, cuando no robando o estafando.
El mensaje del PSOE está hecho para sus militantes y simpatizantes alienados, para todo aquel que obvie la existencia de clases y, sobre todo, que niegue que la alternativa al capitalismo es la acción de una clase: la clase obrera revolucionaria, que lidere a los desposeídos y desclasados en contra de la clase con privilegios, en contra de los propios dirigentes de la burguesía, PSOE, PP.  La vanguardia de la clase obrera, con su propio partido independiente, sin creer en los cantos de sirena de la burguesía y receloso de las veleidades de izquierda de la pequeña-burguesía.  La alternativa al capitalismo no es una actitud singular, tampoco plural, es de clase; de la clase que genera valor contra la que se apropia de él.









EL MITO CRUCIFICADO


No existe ninguna prueba tangible y fehaciente de que haya existido jamás algún Jesús de Galilea, de Nazareth o de Belem; surgido al parecer por inmácula concepción de una tal María y adscrito hijo putativo de un José.
De lo que sí se conoce es acerca del mito del buscado redentor o mesías, ese Emmanuel hebraico de cuyos avatares recogieron de oídas ciertos escribas eremitas y que vertieron en escritos, los evangelios, algunos de éstos tildados apócrifos por la iglesia oficial romana.
Sobre ese supuesto christo, los levitas judaicos niegan de siempre la posible deidad de quien para ellos, si acaso, fue un disidente talmúdico de tantos, cuando no apenas un renegado.
Los imanes del Islám, que ya tienen bastante con justificar su propio mito mahometano, sólo reconocen en el supuesto ungido  a un profeta más sin naturaleza divina y, sin duda, ni tan noble, ni tan generoso ni tan magnánimo como el suyo propio.
Según la versión de los evangelios oficiales, el presunto mesías termina el trance de su vida en una cruz latina, con el acuerdo del Procurador romano ya que la Judea de entonces era una provincia del Imperio.
La Roma imperial hacía uso de la crucifixión desde el inicio de sus conquistas, esta repulsiva práctica fue asimilada en las pugnas entre los propios judíos de quienes era célebre el profundo odio fervoroso que se profesaban. Fue así como, según el mito, el pretendido redentor murió crucificado, vilipendiado y vejado por sus coterráneos.  De allí surgió la leyenda y con ésta una secta de seguidores.
Una parte de los cristianos iniciales se instaló en Roma, vivían en comunidades en las que no existía la propiedad privada, sus ceremonias evocativas eran comidas compartidas por todos.  Se reconocían entre ellos con la figura estilizada de un pez.
Tal cohesión, en un Imperio en declive, los hizo peligrosos y por eso perseguidos.
La maquinaria de la Roma imperialista, el ejército, se agotaba, el gasto del poder en manos de los sectores ociosos era insotenible, la clase dominante necesitaba una fuerza espiritual que pudiera ligar y entretejer una justificación a su poder opresor.  El imperio se rehizo y optó por una nueva religión, se dio la bienvenida al Novum Testamentum.
El cristianismo pasó de ser una secta perseguida a ser la religión oficial y desde entonces la perseguidora.  Dejó el pez como señal y cogió la cruz como emblema.
Aquel intrumento de tortura física se renovó en la herramienta ideológica de la opresión del poder.
El cristianismo ha servido para justificar la dictadura de la clase dominante, sea en oriente u occidente, el septentrión o el meridión.
A la Roma imperial que dio paso a los reinos feudales; a las monarquías absolutistas, a las que dieron razones divinas de su origen; a la burguesía snob, cuando dejó de ser revolucionaria y conquistó su dictadura de la ganancia; a las tiranías y democracias, vestiduras oportunas de la misma explotación capitalista.
La morbosa imagen sufriente y lacerada de aquel personaje mítico en una cruz romana, paseada en andas por ocultos penitentes en capirotes, rodeados de gentes conmovidas de una supuesta pasión mortuoria, es el arquetipo de la alienación ideológica que necesita la burguesía para perennizar su poder.
La cruz y la tiranía, la Iglesia y la burguesía están religadas.  El mito ahora crucifica.









¿En defensa del trotskysmo?




















A propósito de la lectura del escrito del sr. Navarrete, parecía oportuno terciar; o cuaterciar, como guiño a Lev Davidovich.
Sin embargo, la cantidad de inexactitudes y manipulaciones de quien se reconoce a sí mismo como vindicador de la verdad histórica, es desbordante y hace innecesaria la defensa de quien, aunque muerto y bien muerto que está, todavía prodiga críticas
Si acaso, y es la razón de este escrito, es de reconocer que tal señor ha vuelto a abrir lacaja de los truenos, y eso sí que merece alguna opinión.
Confeso practicante de la democracia, es obvia su indignación ante las argucias y cometidos de quienes participaron en una revolución; ya de por sí tal palabreja motiva cierto resquemor.
Y hoy, gracias a este señor, nos volvemos a enterar de los protervos propósitos de quienes, según su idealización, debieron ser y no fueron, los adalides de la democracia y libertades; así, en abstracto.
Para demostrar tal decepción, cómo no empezar con la dialéctica, que  no es marxista de origen.  La dicotomía está servida y qué mejor que usar dos ismos: stalinismo y trotskysmo.  Que en un alarde platónico se funden en uno.  Y, si acaso, por qué no continuar y formar una triada, quizá rememorando a la sagrada y para ello otro ismo; el de Lenin, se entiende.
A mayor estupidez, se suma que todo esto ocurre sin que el Dios Marx se entere. Él sí que es intocable y sólo interpretable al gusto.
Lamentablemente, nada de lo dicho con toda buena intención del supuesto vindicador es novedoso; pero sí sirve para que ocurra la oportuna reflexión de quienes piensen en los comunistas como salvadores de la democracia y libertades burguesas.  Y ese matíz, sí que es importante.
Y, si acaso es posible aclarar, el término Trotskysmo lo inventaron los técnicos de Stalin, obviamente como insulto, como resumen de agente del imperialismo   amén de espía nazi (que Trotsky fuera judío resultaba un hecho baladí)
Los técnicos de Stalin antes habían inventado el término Leninismo, un resumen de citas manipuladas para conseguir vincular a Stalin, que no participó en la revolución, y que fuera el heredero del legado de unas ideas; o sea, de una ideología, de algo anquilosado en frases, en citas, en sentencias; lo aprendió muy bien el antiguo monje budista Mao, con sus esquemáticas Cinco Tesis…, a quien también luego traicionó Stalin.
Todo esto importa menos si la democracia y las libertades burguesas peligran.
Los bien intencionados, aquellos que buscan la democracia y con ella la justicia social, las libertades y el buen reparto de la riqueza; gracias al vindicador, de todo ello, ya no podrán confundirse, será mejor llamarse de izquierdas, solidarios, antiglob, verdes, rosas o nuevos marxistas e innovadores.
Lenin y Trotsky no necesitan que los defiendan, los actos de cada quien, en la etapa histórica que les tocó vivir, los ha colocado merecidamente en su lugar.
Lo que jamás podrá negar ni el vindicador, ni cualquiera otro dilettante, es que estos comunistas fueron directos:
"Los comunistas consideran despreciable el ocultar sus opiniones e intenciones. Proclaman abiertamente que sus objetivos tan sólo se pueden alcanzar mediante el derrocamientoviolento de todo el orden social preexistente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios nada tienen que perder en ella, salvo sus cadenas. Y tienen un mundo que ganar.








Piratas

La actualidad nos conduce al cuerno de África, aquella recóndita y casi olvidada región sin Estado, de jóvenes desclasados y misérrimos agricultores que pastan famélicos bueyes en un infertil territorio.
Es la Somalia de hoy, aquel entuerto de los gobiernos británico, francés e italiano que, cuando su abandono, luego de profitar a sus anchas, dejaron las profundas huellas de su colonización.
Estos jóvenes de ahora han aprendido a sobrevivir y para ello cuentan con asesoramiento interesado y provisiones de armas.
Hoy tienen frente a la costa a quienes esquilman el mar y, a su modo, también aplican su justicia.
Las armadas del Estado español, del francés y del norteamericano, anclan sin necesidad de permiso en aras de amparar a los suyos; cuentan con el aval de la justicia internacional cuyo papel a estos jóvenes les vale menos que los pagos en dólares de los mismos perjudicados.
Casi salvajes, casi adultos, casi niños, sin otra mercancía que la de comerciar con pescadores secuestrados de cuya jornada nunca probarán el sabor.
Estos miserables, con su afrenta al occidente culto sólo son meritorios de sanción, además del pago.
Y la condena horrorizada a que utilicen el pirateo para reinvidicar, si acaso, alguna razón que les motive.
Estos no tienen el empaque de aquellos otros de los cuales todavía se celebran antiguas hazañas.
Los Grimaldi, ahora príncipes, que ganaron a sangre y cañonazos una costa y su monte, ya dejaron el arcabús; hoy la proa de su nave es un pomposo casino y comparten su lujosa guarida con otros piratas de chaqué y pajarita, los mismos que huyen de las odiosas Haciendas que piden el innoble pago de impuestos.
Nada comparable con Lord Francis Drake, saqueador de la costa ibérica y de las colonias americanas, nombrado por esos méritos caballero de la corte de Isabel I.
Ni mucho menos tienen el candoroso y femenino glamour del imaginario galante Jack Sparrow.







Disney en China

La crisis actual consolida alianzas no ha mucho impensables.
Desde la doctrina un país dos sistemas, concebida por el pragmático Deng Xiaoping, la apertura al mundo de China se reflejó en inversión extranjera y estímulo al turismo externo; eso sí, sólo materializada en territorios delimitados y con la onmipresencia de la burocracia del Estado.
Con la crisis actual, tal perspectiva ha cambiado; verbi gratia, la factoría de sueños Disney sueña a su vez con nuevos objetivos.
1.300 millones de potenciales visitantes y estimados 100.000 millones de dólares de negocio, hacen de China el más grande turismo interno del mundo.
Para los pragmáticos dirigentes de hoy, cuyo dogma actual se reduce a mantener el poder, les viene como nueva argolla olímpica asociar tal potencial con una inversión que también se estima colosal.
Este mismo potencial y las ingentes reservas que las exportaciones chinas han conseguido para las arcas del Estado, ha hecho posible sobrellevar la crisis de consumo externo.
Ante la recesión internacional, China puede ver en sí misma el orondo ombligo del Buda feliz.
El desarrollo de su mercado interno, vía inversiones en infraestructuras, hará del nuevo proyecto, que se instalará en Shangai, una motivación a que, algún día, el camarada Micky Mao, sueñe con tomar Pekín.







¡Qué cruz!

A propósito de una sentencia de Estrasburgo, en donde está ubicado el Tribunal Europeo de DD HH, a favor de una señora que pedía se retirasen los crucifijos de las aulas de sus hijos, se ha renovado la polémica con respecto a tal símbolo de la cristiandad
La buena señora argumentaba la libertad de credo y el derecho de los padres a elegir la educación religiosa de sus hijos. Dicho emblema cristiano coartaría la misma.
Si de tal señora decimos que es finlandesa, no pasaría de ser una anécdota nórdica. Y si a ello agregamos que la misma es residente italiana, veríamos que la sentencia tendría que ser ejecutada en la sede de la Iglesia Católica.
El vaticano arguye que la cruz es parte de la identidad histórica, cultural y espiritual del pueblo italiano.
El propio Presidente Berlusconi, practicante ocasional, advierte que recurrirá ante lo que sería una afrenta al desarrollo de la cultura y moralidad de occidente (imagino las risas)
De confirmarse la sentencia, crearía jurisprudencia y haría posible iguales reclamaciones con iguales resultados.
La cruz desaparecería de los colegios y, esperemos, de todo lugar público.
Los católicos ya despreciaron aquel símbolo de hermandad que fue ese pez que evocaba el alimento comunal.
Reinvindican hoy lo que ha sido, y es, un intrumento de tortura. ¡Vaya cruz!





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El ruiseñor de la poesía, como el pájaro de la sabiduría, la lechuza, no deja oír su canto hasta después del crepúsculo. León Trotsky

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Hitos

25-02-1956

XX Congreso del Partido Comunista Ruso. Muerto Stalin, la burocracia estalinista inicia un proceso cosmético para desarrollar el estalinismo sin Stalin. Su antiguo fiel lacayo y para entonces crítico, Nikita Jrushov, en su discurso secreto ante el Congreso, revela el llamado testamento político de Lenin. La supuesta desestalinización sólo implicará borrar o destruir textos y monumentos de quien comandó la aniquilación del auténtico partido bolchevique.

24-02-1917

Revolución de febrero. El zarismo, comprometido con la Gran Guerra era imposible de sostenerse; huelgas y rebeliones obreras y campesinas se expandían por las rusias. Con los líderes revolucionarios expatriados, los socialistas burgueses, Kerensky y adlateres, aprovecharon de la oportunidad, ya con el zar huído su alternativa era la democracia burguesa y convocatoria a la duma.
En abril llega Lenin con sus tesis, en mayo Trotsky, fundador del primer soviet de Petrogrado. Se inicia la revolución

23-02-1918

Basado en la Guardia Roja bolchevique, ante la reacción contra la revolución de noviembre por parte de los restos del ejército zarista, reagrupados en una amalgada reaccionaria de antiguos militares alemanes, además de contar con el apoyo de ejércitos de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña y bajo el nombre de Ejército Blanco; Trotsky, Comisario del Pueblo para la Guerra, funda el Ejército Rojo, cuyo emblema sería la bandera que la vanguardia obrera utilizara en el levantamiento.