Izquierda-Derecha, Arriba-Abajo

Parecería parte de una tabla de ejercicios que cualquier monitor aplicaría en algún gimnasio; mas no, ambas dicotomías forman parte de los paradigmas de confrontación política por parte de PSOE e IU,  respectivamente, de cara a las elecciones de noviembre.
Pare el PSOE, en voz de Alfonso Guerra, el enemigo es la derecha,  léase  PP;  reconociéndose  ellos, obviamente, como la alternativa de la izquierda.
El vocero de IU,  Cayo  Lara, define que la  contradicción  se halla en el enfrentamiento de los de arriba, léase PSOE, PP, contra los de abajo. Los de arriba serían los ricos y banqueros o esa nueva  indefinición  a la que llaman los mercados. Quedarían ellos, IU, como  representantes  de los de abajo.
El PSOE acusa que el programa político de lo que llaman derecha implicará la aplicación de la doctrina económica liberal ortodoxa; lo dice el partido político que ha gobernado en defensa de los banqueros y la gran burguesía, a órdenes de las burguesías imperialistas alemana y francesa y a placer del imperialismo de USA.
IU se precia de representar a los de abajo; sin embargo, su portavoz en el Congreso,  Gaspar  Llamazares, posee, además de propiedades, un capital acumulado de € 300.000 en depósitos a la vista; o sea, que  reditúan  y lo convierten, tanto en el Estado español como en China, en un capitalista.
Las tres siglas sumadas: PP, PSOE e IU, son el espectro político estatal que ha gobernado desde la implantación de ese apaño a espaldas de la población que dio como resultado el texto  sacralizado  y violado al gusto que llaman Constitución.
El marco del Estado burgués lo define tal Constitución, y el espectro político estatal, las tres  agrupaciones, son defensoras de aquel panfleto legal.
Al PP, PSOE e IU, sólo les motiva acceder a una  curul  y cumplir su principal labor: la protección del patrimonio de la burguesía del Estado español y de Europa.   Los dos primeros, en esa pantomima de gobierno-oposición, y el tercero en su labor de  Pepito  Grillo.
Lo que de verdad intenta ocultar ambos paradigmas, es el hecho de la existencia de clases y, en el sistema actual capitalista, la lucha de las dos principales clases: la poseedora de los bienes de producción y capital y la vendedora de su fuerza de trabajo.  Por no reconocer clases ahora usan la burda definición de agentes sociales.
PSOE hace ya mucho que renegó de la lucha de clases y se comprometió en la defensa del capitalismo y su Estado.
En IU, no es de extrañar que el Partido Comunista estalinista intente distraer de la pugna política de clase; dominan una central sindical en su rastrera labor de evitar la politización de la clase obrera y el surgimiento de una auténtica vanguardia política que conduzca a la revolución proletaria.
Los representantes al parlamento burgués que surja a partir de noviembre, además de ver acrecentado su patrimonio, sólo justificarán el raído disfraz de democracia que camufla la dictadura de la burguesía.
La burguesía ya tiene sus partidos que la representan y defienden; toca a la clase obrera dotarse de su propio partido, la vanguardia que guíe al resto de sectores explotados y  desclasados. Es la única alternativa al capitalismo.
La patraña de izquierda o derecha, arriba o abajo, es el timo de los políticos profesionales de izquierdas que la propia lucha de clases se encargará de barrer.


Enrique Segovia





DOMOCRACIA: GOBIERNO DE   PROPIETARIOS
Jamás Platón ni Aristóteles, en sus elucubraciones sobre el Estado y el Gobierno ideales, tuvieron en consideración a quienes, por no poseer, ni siquiera detentaban un nombre propio.
Los discípulos de ambos filósofos, como ellos mismos, pertenecían al sector ocioso de la sociedad: hijos de aristócratas rentistas o de comerciantes ricos.
La Grecia antigua era una sociedad esclavista, y los verdaderos generadores de valor, los esclavos, no participaban de las decisiones de la cúpula. La Democracia griega tiene este origen espurio.
La manipulación burguesa ha conseguido que el término Democracia se reconozca como el gobierno del pueblo, queriendo hacer entender con ello que implica a toda la población.
Quizá la artimaña tenga su origen en la traducción sesgada del griego al latín; y en donde demos se establece por pueblo, se obvia que tal vocablo esté vinculado al domos, de propiedad.
La Democracia sería, más bien, la Domocracia, el gobierno de los propietarios.
Lo acaban de constatar las declaraciones patrimoniales de las señorías del Parlamento burgués del Estado español.
Los partidos de la burguesía, PSOE, PP y los nacionalistas regionales, así como también el espectro de la llamada izquierda; todos ellos disfrutan de patrimonio, rentas y acumulación de capital.
Mientras se reducen los salarios a la clase obrera, a la pequeña burguesía y a la burocracia no privilegiada; mientras se alivia la caída de la tasa de ganancia de la burguesía con despidos; mientras se ejecutan desahucios; las señorías gozan de buena salud patrimonial y económica. Algunos de envergadura insultante.
Tal Parlamento, queda obvio, no es representativo de la sociedad. La arenga de la pequeña burguesía radicalizada: ¡No nos representan!, toma sentido.
Los lacayos de la burguesía justifican el alarde patrimonial tildándolo inclusive de ejercicio de transparencia.
Para estos recaderos, sus señorías, además de sus sueldos nada comparables con la media de los trabajadores, además de sus prebendas en viajes y viáticos, además de sus extras y jugosas jubilaciones, cuando no migración a empresas multinacionales, tienen justificado tal status debido a su abnegada labor de representación del pueblo. Es más, argumentan que en el llamado por ellos sector privado obtendrían mucho más compensaciones.
Comprenden que en una época de crisis, en la que como única fórmula de la burguesía es que paguen los que menos tienen, pueda herir sensibilidades. Hasta rezuman cierto sentimiento de culpa.
Para salvar la conciencia hacen uso del cinismo cristiano; aquel que, por arte del birlibirloque y con la señal de la cruz, redime de la culpa con la confesión de ella.
El Parlamento burgués del Estado español responde ahora a quien representa: a la burguesía y su oposición; la derecha y la izquierda. Ambas patas defensoras del mismo Estado del cual profitan.
¡El enemigo es la derecha!, lanzó como soflama Alfonso Guerra ante mineros aborregados de la UGT, lo hizo quien fue cómplice en Suresnes y en el Gobierno de Felipe González, gobierno que empezó las privatizaciones de las Empresas Públicas, que luego terminó hasta entregar a sus amiguetes los pendientes de la abuela, su continuador Aznar.
El enemigo de verdad es la burguesía y los partidos que sustentan su Estado, PSOE, PP y todo el espectro de la izquierda ya comprometida, ya vendida y también propietaria y rentista, que cumple la ignominiosa labor de intentar justificar un Parlamento y un Estado que no representa a la sociedad.
El ejercicio de la Política en el Estado español es escaso; a la muerte de Franco se generaron grandes expectativas, inclusive de un cambio de régimen con la posibilidad de abolir la monarquía.
La traición de los que por entonces se reconocían como la izquierda, PSOE y PC, en los Pactos de la Moncloa, no sólo frustró tales expectativas sino que produjo la inmovilización de la clase obrera y sectores de la pequeña burguesía radicalizada al atar toda salida posible a unas elecciones amañadas por los mismos partícipes del Pacto.
De tal Parlamento bastardo, una Comisión frabricó la actual Constitución que, entre otras joyas del franquismo, mantuvo la monarquía y el vínculo con la Iglesia católica. La única participación que se permitió a la población fue confirmar mediante referendum tal cocido burgués aderezado con la anuencia de la izquierda.
La supuesta intocable Constitución, ha sido modificada al deseo de las burguesías centrales de Europa, esta última vez sin ni siquiera maquillarla con el refrendo público.
El asambleísmo resurgido actual, es una manifestación del deseo de participación en la Política de sectores pequeño burgueses empobrecidos por la crisis económica que les recorta derechos. Y es legítimo.
Se hace necesaria la participación de la clase obrera como la llamada a liderar a todos los sectores de la sociedad porque es la única que tiene como alternativa la desaparición del Estado burgués, por mucho que les duela también a los de la izquierda que sólo aspiran a una curul más.
La forma asamblearia hará posible escapar de la atadura de las direcciones obreras, UGT, CCOO, que están comprometidas con el Estado burgués.
La Constitución actual no merece ningún respeto, lo demuestra la propia burguesía que la modifica cuando quiere.
El asambleísmo, liderado por la clase obrera, podrá estimular un mayor ejercicio de participación y compromiso de quienes tienen vedada la Política: la propia clase obrera y la pequeño burguesía dispuesta a la revolución.
Una Asamblea Estatal, que convoque a los sectores que ahora no tienen voz ni voto y que discuta hasta las bases o necesidad de Estado, será la mejor demostración de participación en la Política. Una Asamblea Estatal con plenos poderes, sin monarquía ni Parlamento.
Para las vanguardias obreras, Partidos de clase o Asociaciones, como para la misma clase obrera y la pequeña burguesía radicalizada, será un magnífico ejercicio de lo que supera a la Domocracia burguesa: la Democracia obrera.

Enrique Segovia






LA IDEOLOGÍA DE IZQUIERDA

El concepto de izquierda está asociado en sus inicios a un sector de la Asamblea Nacional del París revolucionario del siglo XVIII.
Los jacobinos, pequeño burgueses ilustrados que encarnaban de manera ortodoxa los ideales de la burguesía revolucionaria y que entendían que el triunfo de la Revolución dependía de la destrucción de raíz de todo el antiguo régimen absolutista. Incluida la desaparición física de la monarquía.
Sus oponentes, los girondinos, proponían una salida intermedia. Un apaño al estilo inglés con su monarquía constitucional. En la Francia revolucionaria de entonces no era posible.
El triunfo de los jacobinos implicará la instauración de la dictadura de la burguesía en contra del absolutismo monárquico. Tal dictadura se manifestará en lo que se ha llamado Época del Terror.
Esa fue la burguesía revolucionaria.
A pesar de revisionistas de toda calaña, la República burguesa de Francia no puede negar el instrumento utilizado: el Terrorismo de Estado para intentar eliminar todo resto del antiguo régimen. Y, al parecer, se quedó corta.
Los actuales críticos del jacobismo no son más que la demostración patética de que la burguesía ya no se siente orgullosa de sus orígenes. La burguesía ya no es revolucionaria, su Estado es el actual Estado a destruir.
La burguesía no jacobina, ya en el poder, ha modernizado los valores ideológicos del antiguo régimen.
El instrumento de opresión por excelencia que es la ideología, todavía cuenta con aliados como la Iglesia y una recua de juristas relatores de leyes y normas con los que disfrazan su dictadura.
La izquierda jacobina, ha quedado en la Historia como el reflejo de la ortodoxia doctrinal, jamás degeneró en ideología.
Las izquierdas actuales tienen diferentes vertientes. La socialdemocracia ha sido, y sigue siendo, un gran soporte de la burguesía; además de que aportó argumentos sociológicos derivados de sesudas investigaciones en la sociedad con el conocimiento previo de conceptos marxistas como la lucha de clases.
Sólo que, mientras para el marxismo el reconocimiento de la lucha de clases lleva inevitablemente a la revolución proletaria, estos sesudos, con la misma información, hacen todo lo posible por evitarla.
Estas izquierdas no aportan ideología, son parte de la misma ideología del Estado burgués opresor.
El cambio vino con el surgir de la primera Revolución proletaria y su posterior traición stalinista.
Stalin, mediocre y opaco, era conocido por su eterna sumisión a Lenin, hasta que, mediante maniobras obtuvo el Poder y la ocasión de perennizarse como casta corrupta, traicionando con ello a la Revolución obrera, al Partido Bolchevique y también a sus propios colaboradores.
Uno de ellos, Bujarin, de quien Lenin dejaría escrito: no ha estudiado nunca y pienso que jamás ha entendido del todo la dialéctica, fue uno de ellos.
A la muerte de Lenin, se necesitaba falsear la doctrina que había llevado al partido bolchevique a comandar la revolución proletaria.
Nada mejor que alienar la doctrina mediante un encasillamiento o momificación de la misma.
Citas fuera de contexto y manipuladas dio con el engendro del nuevo corpus ideológico stalinista: el leninismo. Luego, para embuste mayor, le sumaron la raíz: marxismo. Y así quedó configurada la nueva especie.
Lenin fue literal y literariamente disecado. Convertido en icono, alzado a los altares, erigido en Tótem omnipresente que tendría, obviamente, un vicario en la tierra: Stalin.
Bujarín fue quien elaboró el esperpento al que llamaron leninismo, Stalin era incapaz de coligar dos ideas de supuesta coherencia; cometido el primer crimen, Bujarin tendría el camino abierto para su posterior aberración doctrinal: El socialismo en un solo país.  Despojado de utilidad, Stalin lo eliminaría y se apropiaría del engendro.
Otro místico, discípulo por entonces del vicario, Mao, hizo lo suyo y, con el pragmatismo extraído de sus meditaciones confusianas, redujo la doctrina marxista a cinco tesis.
Esta nueva fe requería de propagadores: Harnecker y Politzer, cumplirán fielmente su cometido. Explicar hasta la saciedad una doctrina, desmembrarla, descuartizarla, para así lograr el propósito de insertar de contrabando en ese engendro ideológico una nueva verdad: la infalibilidad de Stalin.
Esta supuesta nueva ideología surgía con más ímpetu, ya que llevaba consigo el prestigio de revoluciones triunfantes.
Le daría un nuevo empuje a la izquierda y, aliada o parte de ella, estarían desde entonces a un único cometido: evitar la revolución obrera.
La socialdemocracia traicionó las revoluciones de la clase obrera europea, llevó al sacrificio a millones de militantes entregados al fascismo y nazismo, y la comprometió en la primera guerra imperialista. Con ello se ganó el respeto de la burguesía y un lugar compartido en los gobiernos de la dictadura burguesa.
El stalinismo traicionó a la clase obrera y a la primera revolución triunfante, llevó al sacrificio a millones de militantes comunistas en la segunda guerra imperialista. Se ha ganado el prestigio ante la burguesía y hoy su lugar es el de guardián en las organizaciones obreras para evitar cualquier posible brote revolucionario.
La vanguardia de la clase obrera no tiene ideología, posee una doctrina viva e instrumentos de análisis de la sociedad y el pensamiento con el materialismo histórico y el materialismo dialéctico
La clase obrera por sí sola es incapaz de hacer una revolución.  El instrumento es su vanguardia organizada en Partido político, con el propósito de combatir en sus filas a la izquierda, derrocar a los partidos de la burguesía y establecer su dictadura que, a diferencia de la burguesa, destruye el Estado y no se perenniza en él.

Miguel Seguin



Lucha de frases o lucha de clases

En La ideología alemana, Marx toma distancia de los llamados jóvenes hegelianos en su disputa dialéctica con los obviamente llamados viejos hegelianos acerca de la veracidad en la realización de la filosofía en la sociedad prusiana de entonces.
Los viejos, definían al Estado monárquico, con el carca Federico Guillermo III, como el cúlmen de sociedad posible, mientras que los jóvenes, ante la persistencia de pobreza, censura y sectarismo luterano, mantenían una postura crítica y demandaban reformas al mismo Estado.
Marx, con fina ironía, alude que sus antiguos compañeros resumían toda su crítica a conceptos referidos a la moral y la justicia. Supuestos superadores de Hegel, demostraban ser más bien los auténticos conservadores, a pesar de toda su fraseología revolucionaria, al reducir todo su reclamo en una reinvindicación por una conciencia humana.
Lo patético resultaba que los jóvenes argüían que los viejos sólo ofrecían frases, a lo que Marx ironizó que ellos se oponían a las mismas con… otras frases.
Por cierto, los jóvenes también eran llamados hegelianos de izquierda, opuestos, obviamente, a los de derecha.
Con respecto a la conciencia, Marx, aplicando el materialismo histórico, dejará muy claro que está determinada por la ubicación del ser humano en el modo de producción y el ser social que ello determina y no a la inversa.
Con la aparición de la división del trabajo, la conciencia es despojada de su referencia real, expropiada al ser humano para encumbrarla a una esfera ocultista y supersticiosa, sólo controlada y descifrada por quienes son designados a hacerlo.
Surge la ideología que, con sus diversas manifestaciones alienantes como religión, moralidad, leyes, normas, etc., forma el corpus que sustentará las nuevas relaciones de propiedad.
La ideología es, pues, sólo un instrumento de dominación y justificación de los privilegios en la apropiación de la generación de riqueza.
Tanto los jóvenes hegelianos de izquierda, así como los viejos hegelianos de derecha, ambos, eran expresiones que se complementaban dentro del corpus ideológico del capitalismo prusiano. Marx y Engels no eran de izquierda, eran comunistas.
En la disputa dialéctica actual, han surgido conceptos tan abstractos como vacíos y que hacen referencia a una supuesta ideología de izquierda, en oposición a la que sería de derecha.
La fraseología es igual de hueca: políticas de izquierda, justicia social, derechos democráticos, reinvindicaciones sociales, progresismo, etc.
La diferencia es que los actuales ideólogos de izquierda no son hegelianos, provienen del estalinismo degenerado en democratismo popular.
De allí se entiende que la lucha de clases la hayan sustituido por esta nueva lucha de frases.
Tal sustitución lleva implicita la negación de la consecuencia primordial de la lucha de clases: la revolución proletaria y el establecimiento de su dictadura que expropie los medios de producción a la burguesía.
Si la ideología es un instrumento de dominación, en el capitalismo actual tiene sus dos vertientes complementarias: la izquierda y la derecha.
Cuando Marx y Engels toman distancia de los ideólogos de izquierda de su época, se aplican en el análisis de la sociedad con el instrumento científico del materialismo histórico. La lucha de clases no es un puro invento teórico, proviene de la constatación en la realidad de la ubicación de los diversos seres sociales en relación a los medios de producción. Marx y Engels, optan por el proletariado que tiene como única alternativa la abolición de la propiedad y con ello la liberación de los mismos medios de producción de la atadura mezquina de la ganancia de la burguesía.
La crisis del capitalismo actual, no es la misma que la del siglo XIX; sin embargo, tiene los mismos ingredientes: monarquías en connivencia con la burguesía y el proletariado que tiene como sustento el salario que se ve recortado, cuando no directamente el despido, todo en aras del mantenimiento de la ganancia del burgués.
El capitalismo ha conducido a una mayor centralización y concentración de la riqueza con el consecuente crecimiento de un sector pequeño burgués desclasado, en contínua pauperización y radicalización al no ver sus alternativas satisfechas.
La crisis del capitalismo actual, se distigue por el ingente capital ficticio y necesariamente especulativo no vinculado a la producción. Mas capitalismo no genera empleo y mucho menos valor real.
El proletariado llamado a la revolución, carece de vanguardia política ya que sobre sus organizaciones parasita una costra podrida de izquierda cuyo compromiso con el capital es aislar a la clase obrera de su rol revolucionario.
Un primer paso será liberarse de esta lacra burocrática reformista de izquierda, dependiente y principal aliada del capitalismo.

Miguel Seguin

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CAPITALISMO, PRODUCTIVIDAD Y SALARIO


La cancillera Angela Merkel, ante la crisis financiera del capitalismo europeo, lanza la sibilina idea de vincular los salarios a la productividad.
Los entusiastas del liberalismo ramplón agradecen de inmediato el aporte de quien fuera, en su exultante juventud, reputada discípula de Erich Honecker y militante reconocida de la FDJ.  Aquél pasado queda sin interés ya que ahora demuestra ser una redomada liberal, defensora de la burguesía y su ganancia; eso sí, de la que le paga, la alemana.
Hoy, la antigua estalinista viene envuelta de un halo de prestigio debido, según sus adulones, a que ha podido encaminar por la senda del crecimiento a la economía alemana.
Lo que no dice la diva, ni tampoco sus acólitos, es que aquel crecimiento se debe a las exportaciones de maquinaria de producción, con alta concentración de tecnología, a la nueva y colosal compradora mundial: China que, una vez más, resulta ser la gran salvadora del capitalismo occidental.
La propuesta de la Merkel se enmarca en la necesidad de proteger el capital de los bancos alemanes prestado especulativamente en los que ahora llaman países periféricos; queda patente que la llamada Unión Económica Europea no es una unión entre iguales; desde su origen, sólo es una componenda de los capitalismos alemán, francés e inglés, el resto es periferia.
Para salvar tales capitales especulativos, ante el peligro de quiebra y no pago por parte de las economías de segunda, el Ejecutivo europeo de Bruselas, pagado por los capitalismos centrales, promueve la burda estrategia liberal: ajustar la economía de los deudores; esto es, reducción del déficit presupuestario.
Los economistas liberales de la periferia, siempre de acuerdo con quien manda, entienden que tal propósito se traduce en la reducción del gasto público; o sease, reducción de salarios y menor cobertura en lo que llaman protección social.  En el capitalismo, quien paga es siempre quien menos tiene.
Ahora bien, la enigmática propuesta de vincular salarios con productividad deja a estos economistas segundones en evidencia, ¿cómo aplicar tal galimatias?
¿Cómo medir la productividad de un empleado postal?, ¿cómo medir la productividad de un administrativo?, ¿y la de una secretaria?, ¿cómo medir la productividad de un empleado de la limpieza?
Queda claro que el exabrupto de la Merkel es un remanente de su aprendizaje sobre economía planificada de la época del desarrollismo de la RDA.
La productividad sólo es medible en quienes generan con su trabajo bienes de uso y con ello plusvalía, de la cual se apropia el capitalista y le llama ganancia.  Es la base del capitalismo.
La burguesía, por ejemplo, no genera valor alguno, la burguesía es improductiva y nada medible productivamente.
La Merkel, dijo productividad cuando debiera haber dicho ganancia.
Tal vínculo sí que deja clara la intención de la burguesía: a mayor caída de su cuota de ganancia mayor ajuste en los generadores de valor, ya sea mediante el aumento de la intensidad en la explotación, que es el aumento de la productividad, o reducción en los costes y los salarios, que implica bajada de salarios o simple despido.
Para el capitalista, el salario del trabajador es un mero coste más,  tan variable como lo sea su ganancia.
La Merkel no proclama nada novedoso, confunde los términos ya que es menos decoroso hablar de ganancia y sí que lo es hablar de productividad; la estalinista se confunde con la luterana.

Miguel Seguin



¿QUÉ CRISIS?

El mayor conglomerado del lujo, LVMH, (más conocido como Luois Vuitton), anuncia que se fagocita a Bulgari, otra de estas firmas cool, por 5.000 millones de dólares. No debe sorprender tal número luego de saber que la misma facturó en 2010 la cantidad de 28.000 millones de dólares.
¿Qué hace crecer a esta compañía que exclusivamente vende bolsos y atuendos de piel, joyas, licores, etc; o sea, sólo bienes de uso para la ostentación?
A este dato se añade que la venta de coches, yates y avionetas, todos de lujo, no ha dejado de aumentar en los últimos años, a pesar de la llamada crisis económica.
Está claro, en el capitalismo el mercado suntuoso sólo conoce de crecimiento.
¿Y quiénes son sus usuarios?
1.- Deportistas de élite, la mayoría residentes en paraísos fiscales para evadir impuestos; personajes de la estupidez mediática, que rentan de su miseria humana; futbolistas, con sus contratos por encima de siete cifras; cantantes con hueco y estúpido contenido; cineastas en su ejercicio del pathos vacuo; escritores a la búsqueda de lograr su best seller, en el que se compre su cinismo; artistas plásticos que sólo reflejan su propia decadencia, y un gran etcétera; todos son parte de ese ejército privilegiado y bien pagado de la alienación ideológica del capitalismo.
2.- La élite burocrática; con quien la burguesía entendió que debía de compartir beneficios y también asimilarla al poder, cuando la estrategia del decrépito liberalismo cogió algún respiro con la defección de los herederos del estalinismo; ahora enriquecida en el afán privatizador, con sus consentidas prebendas de millonarios pluses, bonos, contratos blindados y sus insolentes indemnizaciones y fondos de jubilación.
3.- Los profesionales de la política y su circo al que llaman democracia, ese raído y espurio disfraz de la dictadura burguesa, en donde las izquierdas y las derechas conforman el mismo abanico que da soplo al capitalismo. Facciones corporativas y bien pagadas, ambas corruptas; actores y actrices del mismo corpus circensis.
¿Y quién paga todo este circo?
El capitalismo en su proceso de acumulación, que es parte de su decadencia, ha generado una burguesía ociosa, improductiva y rentista que alimenta el valor especulativo; a la que los felones economistas llaman inversores y a la que los políticos administradores del sistema capitalista toca proteger.
A la usanza de la Roma imperial en declive, cuando ya no celebraba conquistas y en su manipulacion por mantenerse en el poder utilizaba y pagaba a estereotipos; unos vacios y memos, otros profesionales y envilecidos; que se jugaban la vida por los grandes ociosos en el poder. Esa Roma estéril desapareció, como todo destino de los sistemas caducos.
El capitalismo en su agonía, en su incapacidad de generar valor real, sólo ha engendrado valor ficticio y especulativo, y con ello ese sector privilegiado, ocioso e improductivo; eso sí, con capacidad de pago para defenderse.
Sus tecnócratas bien retribuidos aligeran su carga tributaria con bajada de impuestos directos y exenciones al patrimonio; con la mengua en lo que llaman gasto social, que es la bajada de salarios y pensiones; el aumento de impuestos al consumo y el mejor ofrecimiento: el despido barato; es el llamado libre mercado que se aplica sólo para perpetuar el poder burgués.
Ante ellos: los desempleados con sus misérrimas y vergonzosas subvenciones; los atribulados desahusiados de sus sueños de propiedad; la burocracia sin privilegios, estancada en sus pagas; los asalariados a quienes no les queda otra opción que ceder y no reclamar por sus derechos con tal de conservar su puesto laboral; todos ellos parte de ese sector desclasado y frustrado en su falso sueño de ascensión social.
Y todos supuestamente amparados por unas centrales dizque defensoras de los derechos del trabajador. Cooptadas por el capitalismo, financiadas por el capitalismo, defensoras de sus propios privilegios burocráticos y por eso comprometidas con el capitalismo.
Frente a todos ellos se hallan quienes tienen capacidad de generar valor real, de revolucionar el sistema opresivo, explotador, rentista y especulativo del capitalismo.
Sólo la clase obrera independiente, sin compromiso con el capital, sin venderse al capital, consciente de su liderazgo, será capaz de romper el yugo que ata a las fuerzas productivas de la voracidad de la ganancia del capitalismo.
Será cuando el lujo troque en riqueza de bienes de uso productivo, cuando la ostentación desaparezca en aras de la abundancia; en fin, será cuando pasemos del reino de la necesidad al reino de la libertad.

Miguel Seguin




Capitalismo y desempleo

Como parte del discurso de los todavía áulicos del liberalismo, persiste la monserga que es el capitalista quien con su inversión crea empleo al trabajador y con ello, a su vez, produce riqueza.
Como surgidos por generación espontánea o, más bien, por el supuesto diseño inteligente, estos factores de producción, según su jerga ascéptica para no referirse a clases sociales, concurren de manera fortuita en el proceso productivo. El Capital; aportando los medios de producción necesarios, y el Trabajo; aportando la fuerza laboral transformadora.
Ante tal escenario, el Estado sólo tiene la labor de regular el funcionamiento de la sociedad sin intromisión en la Economía
Con tal teoría, se intenta justificar que el plusvalor generado en el proceso productivo pertenece NO a la clase obrera que con su tiempo de trabajo ha producido tal valor añadido, sino a la clase propietaria de los medios de producción que ha comprado, mediante un salario, tal fuerza productiva.
¡Es el Capitalismo, estúpido! Diría aquél, parafraseando a Clinton.
En los albores del mismo, cuando el propagandista liberal Adam Smith propaló la consigna del laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar), el sustantivo desempleo no existía en los diccionarios para quienes el adjetivo salvaje significaba jornadas de 20 horas y salarios reducidos para niños y mujeres (en base a la valoración de su menor capacidad de producción, a lo que luego llamarían menor productividad) El empleo no era considerado, precisamente, un regalo divino, más bien una condena bíblica. El aparato ideológico del Estado ya se ocupaba de plantear la resignación, a la espera, para aquellos miserables, del consuelo en una futura recompensa celestial, obviamente después de muertos.
Época de crecimiento incesante, enormes beneficios y mayor acumulación.
No fue hasta finales del siglo XIX, con el logro de la jornada de 8 horas y a costa de la ejecución de obreros anarquistas en Chicago, que las condiciones del factor Trabajo tuvieron un cambio.
Para entonces, la colonización imperialista aseguraba los insumos necesarios para el crecimiento, hasta el punto de generar una crisis de sobreproducción. Los mercados internos eran insuficientes para absorber la ingente producción. Y aquello significaba menor ganancia para el capitalista.
La necesaria expansión de capitalismos nacionales hacía forzosa la conquista del mercado interno de otros capitalismos. Las leyes de la libre competencia, dirían.
Es así como se llega a la Primera Gran Guerra, la razón fundamental era una disputa entre capitalismos (o imperialismos, como dijo Lenin)
Y los obreros, además de productores, fueron convertidos en milicia, con el objetivo de destruir los medios de producción de los capitalismos rivales.
El Capitalismo como sistema, tan ávido en generar riqueza y medios de producción, esta vez tenía la consigna de destruirlos, fue su última fase de desarrollo, ya no sería jamás una posibilidad para el crecimiento económico; se convirtió en un factor, además de destructivo, represor del mismo desarrollo de las fuerzas productivas. Era el inicio de su agonía
El periodo de Entreguerras sería sólo un acápite. Tiempo en el cual surgieron posibles salvadores con diversas teorías, que sólo fueron, y siguen siendo, diversas formas de maquillar un cadáver.
En la actual etapa, el Capitalismo especulativo, basado en un crecimiento contable y ficticio, lleno de teorías econométricas inservibles y desvinculado de la generación de valor real, destruye el factor Trabajo.
A sus míseros teóricos sólo les queda argumentos mendaces y demagógicos tales como la flexibilización del mercado laboral, que no es otra cosa que destruir de manera barata el empleo… ¡y dizque para generar más!
La concentración económica es la demostración de que el Capitalismo sólo quiere conservar el derecho a su plusvalía, que ya no tiene nada que ver con la generación de valor y mucho menos de empleo.
Ahorro, optimización y productividad, entre otras palabrejas de los todavía teóricos, sólo son términos vacíos y falaces que ocultan su miserable condición de secuaces falsificadores de la debacle capitalista.
Sólo la clase obrera, productora y creadora de riqueza real, es la capacitada, en esta fase del Capitalismo, de liberar a las fuerzas productivas; y ello implicará liberarse de aquella clase propietaria, miserable y manipuladora, además de pertinaz en su incapacidad, que se niega a que desaparezca el privilegio de su apropiación de la plusvalía, se niega a entender que es la que obstruye el crecimiento, se niega a desaparecer.
Time of adventures, time of revolutions.

Miguel Seguin



Inflación: ni contigo ni sin ti

Los acólitos del liberalismo conservador, recurren a la entelequia del diseño inteligente para explicar el origen del universo y para interpretar los fenómenos económicos arguyen a la libre concurrencia y el caos; cuando, si acaso, tendrían que plantear justamente lo inverso.
Estos frustrados equilibristas, han expuesto diversas teorías aleatorias sobre cómo, si acaso algún día, puedan vaticinar el momento en que un ciclo expansivo se convierte en recesivo y viceversa.
La supuesta teoría econométrica no es más que la suma de estadística y los pronósticos de algún vidente, en la búsqueda frustrante de un sistema funcional.
Durante el último, según ellos, ciclo expansivo; basado, cómo no, en la especulación crediticia; los antes odiados y hoy reverenciados organismos de regulación, los Bancos Centrales, tenían siempre en la diana el temible fenómeno de la inflación.
Ante ella era enfocado todo su arsenal que no era otro que aplicaciones restrictivas monetaristas.
Y, sin embargo, la inflación está en el mismo germen del desarrollo del capitalismo especulativo.
Lo paradójico se hace pantente en el hoy discutido instrumento de medición del crecimiento: el PIB
En tal instrumento, la variable fundamental es la suma de los valores monetarios -o sea precio- de los bienes producidos en un territorio en un lapso de tiempo; algún despistado podría colegir que a mayor precio mayor crecimiento, pues no es así!
En principio, el capitalismo no busca el crecimiento sólo la ganancia, de allí que sea puramente especulativo y su desarrollo no esté basado en la llamada Economía real.
Para su estrategia especulativa, la inflación generaría una pérdida de valor de mercado de su bien más importante: la moneda. He allí su drama.
La pérdida de valor de la moneda reduce, entonces, la ganancia monetaria, de allí que se hayan cuidado hasta la tozudez con respecto al control inflacionista; a costa, inclusive, de estancar el mercado crediticio y generar una aparente carencia de liquidez.
Hoy, estos afligidos hacen lo contrario, se trata de otro ciclo dirá el obsecado, y, ni por esas, tampoco resulta el remedio.
Hoy se cierne otro peligro y quizá de mayor empaque: la temible deflación.
Ésta, que es, precisamente, el fenómeno contrario a la subida de precio, amenaza, además de recesión profunda, con la pérdida continuada de valor de su bien más preciado: el capital.
Hoy estos videntes añoran a la otrora repudiada, repelida, denostada y ahora nunca bien ponderada inflación.
Es la prolongada agonía del capitalismo y la eterna condena de estos funámbulos.

Miguel Seguin



América Latina y la crisis financiera

Analistas entusiastas pronostican la pronta salida de la crisis por parte de las economías de América Latina; es más, la senda del crecimiento se vislumbra pronto en el horizonte, según estos zahoríes.
¿Y a qué se debe tal optimismo?
El superávit de los antiguos conspicuos deudores es la mejor demostración de haber hecho bien los deberes.
¿Y cuáles fueron estos deberes?
Desde finales de los ochenta, los gobiernos de América Latina emprendieron la supuesta nueva estrategia privatizadora. Esta consiguió sus frutos, saldar una secular e injusta deuda externa y conseguir un posible equilibrio monetario. Todo esto a costa de vender las joyas de la abuela.
Sí, lo vendieron todo, o casi todo, el concepto manido nacional trocó en reservas.Y estas mismas son las que han hecho posible protegerse del vendabal de la crisis financiera de las metrópolis.
Cuando unos bancos de apellidos anglosajones quebraron, tal quiebra no tuvo la misma resonancia en los trópicos.
Salvo México (otra vez, su lejanía de dios y su cercanía a USA lo condena), las demás economías se mantuvieron lejanas a esa crisis que viene de un excendente especulativo.
Eso sí, hubo un momento crítico cuando las exportaciones bajaron; las compras de las metrópolis entraron en una fase recesiva.
Y para ello, vino bien haber cumplido los deberes, había ahorro, reservas y, sobre todo, la posibilidad de estimular el mercado interno, algo que las economías centrales sólo podían en parte, dado que la recesión ocurre cuando no hay compradores.
En América Latina, hay muchos potenciales compradores, sólo hace falta integrarlos en el mercado.Y así se hizo, y de allí viene el supuesto crecimiento.
Ahora bien, cuando la principal economía consumidora, USA, restringe sus importaciones, devalúa su moneda; o sea, otra vez más, exporta su crisis, América Latina tiene que buscar otros compradores. Es cuando surge un mejor cliente, con las mismas ansias conquistadoras de Roosevelt, que sólo tenía un garrote.
China, esa pragmática budista, como el antiguo sacerdote Mao, surge como insurgente salvador de las exportaciones.
China misma tiene un mercado propio vírgen, con lo cual, capacidad de desarrollo propio y, sobre todo, necesidad de crecimiento, es la mejor socia consumista de bienes primarios.
Y desbanca a USA en América Latina como compradora, ¿de qué? de sus materias primas, de su petróleo, de su hierro, de su carbón, ¡vamos, más de los mismo! Sólo que ahora es un cuento chino.
América Latina saldrá de la crisis, tendrá crecimiento y un nuevo comprador.
Ya no será sólo inglés, habrá que aprender chino.

Miguel Seguin



El crack del 29 y la crisis de valor

Aquel jueves de otoño boreal de 1929, en Wall Street, el gris del cielo se reflejó en los semblantes de
quienes creían que el precio alto de unos títulos en la borsa también significaba el crecimiento de valor.
Quedó como el jueves negro, aquel 24 de octubre cuando al cierre del mercado casi ningún título conservaba su precio.
La historia lo registra como el crack (quiebra), cuando el precio ya no se corresponde con el valor.
¿Qué diablos había pasado?
Si apenas un año antes la euforia inversionista, acompañada con la campaña electoral en USA ponderaba que el crecimiento era infinito, cuando Mr. Hoover, el elegido del Partido Republicano, prometía que la bonanza se extendería a todo creyente en la maravilla del capitalismo; en la base de que la palabra crédito tiene raíz en creer, y había que creer y había que invertir en esa creencia.
Y los bancos, fieles a la misma, también prestaban dinero para invertir; si la bolsa ofrecía a todos bonanza, por qué no participar de ella, así se hacía explícita la generocidad democrática del capitalismo, que todos pueden ganar. Los bancos, aquellos generosos, ponían precio, cómo no, a su crédito igualmente alto, y qué importaba aquello, si el mercado de la bolsa ofrecía mayores ganancias. ¡Vamos, todos a ganar!
Y fue la Reserva Federal, aquella inoportuna descreída, con el mismo Hoover a la cabeza y algunos escépticos economistas que inventaron el término burbuja (luego inventarían la teoría de los ciclos y otras más); ellos mismos, los impulsores de la bonanza, empezaron a descreer en el capitalismo. Si el precio de los valores subía como también el precio del dinero, cabría el peligro de inflación, aquel fenómeno detestable y evitable que podía romper el supuesto equilibrio.
Subieron el tipo de interés, y con ello surgió la debacle. Si el propio organismo creado para administrar el precio del valor desconfía de su crecimiento, entoces, no queda otra que también desconfiar.
La paradoja es que era imposible administrar tanta bonanza. El capitalismo no puede mantener a tantos
ricos.
Y empezaron las quiebras, de bancos y de empresas, cierre de fábricas y desempleo consecuente.
Los escépticos pensaron que el capitalismo tenía que buscar el reajuste (otra nueva teoría), las quiebras y el desempleo serían de necesidad para limpiar el mercado demasiado especulativo.
Y así cuatro años, hasta las nuevas elecciones, de las que surgió, cómo no, uno del Partido Demócrata, Roosevelt. Y con él un teórico que ha vuelto a estar de moda, Keynes y sus propuestas intervencionistas del Estado, palabreja larga y detestada por los ortodoxos (si alguno queda estos días) del liberalismo adamista.
Intentaron resolver la crisis del consumo; es decir, para que el mercado real crezca, había que crear consumidores, y para ello el Estado tenía que fungir de empleador.
A nivel internacional USA tenía que hacer uso de su poder, el New Deal y los acuerdos de Breton Woods (ya lo comentaremos), la protección arancelaria y el retorno de capitales.
En otras palabras, exportar su crisis.
Y el resto de países también tenían sus propias crisis, aunque poco les importaba.
Tampoco sirvió tal estrategia, no hubo manera.
Allende los mares, Alemania estrenaba un nuevo líder, Adolf Hitler, apoyado en principio por todo los Estados capitalistas con miedo al monstruo comunista en ciernes.
Ante el proteccionismo de USA, Alemania reaccionaría con una nueva política económica, el armamentismo.
Es así como USA encuentra una salida, arguye al patriotismo y ni Keynes lo puede evitar, será la Economía de Guerra el verdadero reajuste. Qué importarán los millones que mueran y la destrucción de los medios de producción, será en sacrificio del capitalismo que renazca, que, ya se entiende, no entiende de sentimientos, sólo de precios, que no de valor. Aunque, tal como sentenció Machado: es de necios confundir valor y precio.

Miguel Seguin

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Cristianismo y castigo

La religión cristiana, en su historia, ha servido como justificante de la opresión que ejercían los hombres libres sobre la servidumbre; aquellos, favorecidos por unos pilares moralistas y manipuladores, lograron hacer del sufrimiento un mecanismo ideal para esclavos que les prohibía cuestionar a sus jefes implantados por orden divina.
Ya en el mito del génesis se habla del trabajo como un castigo de Dios, que en su más grata benevolencia aplicó sobre Adán y Eva por burlar su ley represora y pretender, además del placer sexual, derivar su práctica en la creación de nueva vida, disputando el papel creador al propio Dios.
Y la figura autoritaria y déspota del Padre único no podía permitir la rebelión y la pasión amatoria de sus creaturas, así que tomo las medidas propias de un ser bondadoso y los desterró y condenó a ganarse el alimento con trabajo, castigando a los hijos inocentes que vendrían a la misma condena.
Esta idea del sufrimiento y purga del alma fue expandida posteriormente en la época de decadencia de Roma, en la que la clase dominante no trabajaba ni generaba ningún valor; ya que el trabajo implicaba la entrega de la voluntad a un ajeno y conllevaba una posición degradante de la persona, más la humillante tortura del cuerpo en la realización de trabajos dolorosos.
Los hombres libres se dedicaban a las actividades filosóficas y políticas, además de las militares de las que se servían para sojuzgar a la mayoría de la población esclava y sumisa, condenada al trabajo.
Un sector de la población oprimida y la única trabajadora sería la apropiada para caer en las redes y mentiras de una religión prometedora de la felicidad eterna; mientras la clase autoritaria, muy hábil, se valió de la moralidad cristiana para justificar su dictadura sobre sus siervos por orden divina.
Al igual que en los inicios del mundo, donde Dios imponía su ley castrante y sufriente sobre Adán y Eva y su descendencia, los dirigentes romanos, ya cristianos y bendecidos por el Creador ejercían los mismos principios que su Señor y condenaban a sus esclavos al trabajo y la obediencia, como también la herencia de una vida miserable de su prole.
Más adelante, derrotado el imperio romano y en auge la barbarie medieval, el cristianismo, una vez más, se alía con el poder de la época e inventa a quien será la principal falsificadora de su religión, la iglesia, cuya función además de defender la clase feudal y su acumulación de tierras, vendía el perdón a la mayoría campesina.
El comercio con el pecado, no sólo suponía una ganancia a la ya millonaria iglesia, a su vez garantizaba la sumisión de los trabajadores, más afanosos en salvaguardar una estancia en el paraíso que desafiar a los gobernantes.
Y como arma protectora de esta sumisión, fueron inventados los pecados capitales, todos ellos, avales de una vida sin aspiraciones ni placer, con el único objetivo de generar valor sin réplica ni descanso.
Entre sus artificios, prosquibieron con mayor rigor el deseo pasional, castigado en consecuencia con severidad por el Todopoderoso; pues la sexualidad, como la máxima representante del placer y siempre vinculada al poder ha sido reservada en exclusividad a los líderes que disponían de ella como parte de sus privilegios y autoridad.
No podían permitir al jornalero disponer de ella de forma sana para emprender su propia búsqueda del placer, ya que podría derivar en la pretensión de nuevos placeres y con ello la rebelión al poder dirigente.
Pasados unos siglos y en pleno desarrollo de la industria, no tardó en alzarse por las tierras francas, un movimiento en su momento revolucionario que lucharía por el derecho del capitalista a agrandar su nombre a costa de los trabajadores.
La burguesía, satisfecha de su victoria ante un sistema feudal estancado en la acumulación de valor, pasó a tomar las riendas del florecimiento industrial y financiar posteriormente la producción en cadena.
Un sistema de trabajo estupidizante y repetitivo que traería consigo el origen de una nueva clase, la obrera, cuya labor ya no sería de carácter sufriente y torturadora del cuerpo. El esfuerzo físico pierde su naturaleza religiosa al perderse también muchos de los oficios que requerían del vigor del cuerpo.
Con la ayuda de la mecanización, la mujer pasó a ser una más en la producción y a ser explotada como cualquier otro obrero; eso sí, con un salario menor, pues en el entender del capitalista las mujeres producen menos, sin olvidar también que esta oferta laboral era sólo aplicable en los trabajos menos favorecidos y humildes, pues aquellos en los que el capitalista lapidaba su creatividad en la búsqueda de un negocio provechoso para su bolsillo eran reservados a los hombres.
Mientras tanto, el capitalista y su ganancia, respaldado por el libre mercado, despedía trabajadores al gusto según le era más favorable para su negocio, ya sea para contratar más adelante con salarios ridículos, como para recortar gastos.
Fue después de muchos haberes, cuando el trabajo como condena y resignación, herencia de una religión fustigadora, deja de ser aplicable dadas las nuevas consignas del sistema capitalista y su dictadura ganancial. Ahora el lema burgués y sus llamados países emergentes precisan de gentes emprendedoras, con iniciativa propia, juicio cuadrado y libertinaje sexual.
Ya no resulta coherente la obediencia incuestionable y la disposición a la amargura, en su día fue aprobada por una mayoría sentenciada al sufrimiento, sin ninguna alternativa más que la dicha en la otra vida, pero vista la propuesta capitalista de una vida ostentosa fruto del mérito propio y no de un mandato celestial, se advierte ésta última más atractiva.
Y aunque hasta hoy queden resquicios de una religión tortuosa en forma de fiestas ocasionales, donde parte del pueblo descarga en éxtasis por un mártir agonizante, la base de un trabajo doloroso y subordinado ya no es admitida en la sociedad actual, en la que la educación es fundamentada por el individualismo, el ocio y la realización de los pecados capitales.
a religión y su fatal destino, por ahora resiste en su alianza al sistema burgués, y no por sus caducadas propuestas, sino por el enorme negocio que atesora.
Ahora, y después de la inevitable quiebra de estos dos socios, alimentados de la explotación de la clase obrera y los países subordinados, revelan su dependencia de quienes serán sus ejecutores.
Aquellos que al igual que en el mito religioso, se alzarán contra quienes coartan la libertad y darán vida, por fin, al pecado original: la rebelión al poder.
Gabriela Palacios



ARTEmaña capitalista

El proceso creativo se halla hoy en peligro, el capitalismo, agonizante y temeroso ante la concienciación social, se sirve de sus mañas para coartar la creatividad.
Su mecanismo, tan burdo como sólo él sabe, se fundamenta en la vulgarización de aquel medio personal en el que el ser humano ha expresado su intimidad a lo largo de los siglos.
En las diferentes etapas de la historia el arte ha servido como el más  fidedigno delator de  la situación social y cultural de la época; desde las pinturas rupestres producto del ansia en influir en los dioses; la búsqueda de la perfección en la antigua Grecia; o el renacer de la figura del ser humano ante Dios en el Humanismo, hasta la neurosis desbocada que hoy nos violenta.
Más, sería imprudente ignorar que son sólo algunos los que hayan reconocimiento de su obra y es que son innumerables los artistas que abundan en la Tierra, tantos como mentes pensantes.
La evolución de la que hoy somos producto nos define como Homo sapiens sapiens; es decir, aquel que se reconoce a sí mismo como un ser pensante y reflexivo, el único que en consecuencia no sólo se adapta a su medio sino que lo manipula en su provecho.  Somos conscientes de nuestra capacidad y ello hace que cualquier objeto elaborado por el ser humano se convierta de forma directa en arte.
El obrero con su trabajo, transforma la naturaleza dotándola de nuevas funciones y características no sólo con una intención práctica.
Una realidad que la increativa burguesía se obstina en rechazar apelando a la genialidad de los pocos artistas reconocidos, muchos de ellos comerciantes del ingenio y la habilidad.
O en su insistente mentira de afirmar que la gestión empresarial y bancaria es una expresión artística del capitalista, cuando su labor no produce ningún valor más que la especulación del verdadero valor.
La pretensión de la burguesía no da tregua ni en la más tierna edad (más bien al contrario); cuando de niños ideábamos nuestro propio mundo y sus aventuras, las resolvíamos e imaginábamos nuevos retos por descubrir sumergiéndonos en una realidad paralela; nuestro ideal en contra de la realidad decepcionante, un reclamo que al poco tiempo es acallado por la obligación de producir beneficio a la clase propietaria y destruir el ingenio propio.
Y éste, como senda hacia la liberación personal y demanda social deambula actualmente por la niebla capitalista ávida de afligir al ser humano y su obra. 
Hacer creer que la creación reside en la acumulación de palabras sin sentido, supuestamente cultas, como muchos de los actuales literatos y poetas que en su pretendido cultismo se burlan de la ignorancia de la sociedad y triunfan con escritos que bien podrían ser el deleite de cualquier psicoanalista.
Como también sus compañeros pintores, que en sus trazos histéricos se revela el resquicio de una firma que da testimonio de haber sido realizados por un ser humano y no por otra especie.
Éstas, entre otras disciplinas, son las víctimas y también promotoras de un arte decadente, reflejo de una sociedad a su vez en declive y por ello caduca.
Una cultura que en su provecho pretende  someter a un fin materialista las miserias y lamentaciones en forma de arte de gentes vacías sin ningún aporte más que su amargura.
Comprendemos este mecanismo del individuo como demanda del yo frustrado, ansioso en encontrar refugio en la comprensión del público a modo de escape a la represión, pero la aflicción y el pesar además de retroalimentarse no suponen ningún favor a la sociedad ni al sujeto.
El talento no debe ser fuente del pesimismo y podredumbre humana, ni una expresión inmaculada de la política como expresión de un arte puro.
La liberación de la creatividad sólo es alcanzable a partir de una Revolución social que traerá consigo una nueva cultura, libre para todos y no para unos pocos.
Donde la medida de lo armonioso no sea el precio forzado de una antigua cultura enferma, sino la dicha que cada uno experimenta al satisfacer necesidades básicas humanas: aprender y compartir.
El arte dejará de ser un tráfico de la intimidad y la creatividad y será la vía de expresión de nuestro verdadero yo y con él nuestro propio diseño del mundo de las ideas.

Gabriela Palacios



El derecho a la feminidad

El capitalismo, en una de sus innumerables agonías por mantener su sistema ha luchado por sojuzgar a la mujer como en su día ya lo hicieron sus antecesores; sin entender, muy a su pesar, que su derrocamiento es inevitable.
Son muchas las toscas artimañas de las que se sirve el sistema para lograr su propósito; entre ellas hacer entender que la emancipación de la mujer radica en igualarla al hombre; “la mujer debe evolucionar para llegar a él”, hay que despojarla de su identidad, su feminidad y todo aquello que la hace mujer tachándolo de perverso e ineficiente, en otras palabras improductivo.
El actual régimen, increativamente basado en la ganancia de unos pocos considera la emotividad una palabra a perseguir, para él sólo es digno de aplauso la frialdad y el oportunismo a fin de lograr un oficio enraizado a la plusvalía y nada más.
Sin historia propia ni religión, se ha limitado a la mujer a la simple gestación y crianza que sin ser actividades propiamente ingeniosas son consecuencias biológicas.
Y ahora, la imagen de mujer libre es aquella en la que ésta es líder de una gran empresa o aquello que más se ambiciona actualmente, la presidenta del gobierno; como si acaso ordenar y sentarse en una silla tuviese un mérito más allá que el de la mejor manipuladora, cuando el deseo del poder no es propio de su sexo ni deseable de adquirir. 
Esa imagen de mujer libre es la imagen de mujer presa en la negación de si misma; sin obviar que dicha insistencia capitalista también vulgariza en su intento al sexo masculino mostrándolo como un ideal de líder, falto de sentimientos y creatividad, sin menor estímulo que ganar dinero.
Y la familia, ese mini capitalismo a medida también invierte su granito de arena por la desfeminización de la mujer, para ella su único objetivo es satisfacer las necesidades del clan, su intimidad es baldía como su propio ser; mujer se entiende por aquella máquina productora de mano de obra e instrumento de placer, no se busca más allá del provecho que se pueda extraer materialmente de ella, no se entiende la delicadeza del sentimiento ni del enriquecimiento personal.
Y por ello la familia debe perecer, está condenada a la extinción como también los principios que le dieron nombre e invirtieron en su propagación, el sistema ya presta claras señales de su decadente destino, y es que las mujeres no somos hombres por mucho que quiera.
Nuestra lucha no consiste en lograr derechos capitalistas, como la propiedad o el derecho a explotar a los trabajadores, el feminismo no debe usarse en nombre de la superioridad femenina sobre el sexo opuesto, sino por la destrucción del patriarcado y todas sus formas de opresión, tales como la religión, la familia, la herencia y la propiedad, que garantizan el lucro de la clase propietaria y la decadencia de la verdadera clase creadora de valor.
La emancipación femenina no se basa en luchar por el poder o la igualdad; sino por la diferencia y el respeto por ella.  Sentirnos diferentes, cada cual con su individualidad para después compartirla y opinar con pensamiento crítico.
No ambicionamos el Capitalismo ni sus mentiras, no queremos ser hombres ni ascender ni mucho menos mandar sobre otros. Queremos que el materialismo sólo sea una corriente de la dialéctica, que la propiedad se refiera al hablar con corrección y el poder sea ese verbo, conjugado en plural que afirme que podemos lograrlo.
¡No a la igualdad de la mujer!, ¡Sí al derecho de ser diferente!

Gabriela Palacios.



Cristianismo y poder

Religión, del latín religare: unión. No hay farsa más desesperada de quienes fingen predicar una palabra cuyo significado primitivo ha muerto.
Desde tiempos inmemorables el ser humano ha creído en la existencia de un ser superior fruto de su incapacidad de resolver los misterios internos que le regían y como alternativa lo trasladó al exterior viendo en éste el reflejo de su propia persona. Su identidad obsesiva, resultado inminente de su desarrollada inteligencia luchaba en dar razón a todo en cuanto acontecía a su alrededor.
La hostilidad reprimida hacia la autoridad existente, el gobierno del líder y por supuesto, la familia, se vio liberada gracias a la religión y superstición que auguraban desgracias futuras (inconscientemente orientadas hacia sus actuales dirigentes), que a causa de su educación fundada en la “bondad”, tales deseos fueron cohibidos y castigados por un ente exterior: Dios.
Y éste, sin nombre, amorfo y supuestamente asexuado es el personaje de ficción más reconocido y “nombrado” por todas las culturas y usado por las mismas en pro de la coerción personal.
El cristianismo, secta legalmente universal, se sirvió igualmente de ésta invención que triunfó entre las demás por los mínimos ritos que suponían su seguimiento y por las ofertas que brindaba.
Jamás imaginaría en convertirse en el instrumento de opresión preferido por la burguesía.
Religión nacida en tierras orientales y jamás fechada históricamente más que en supuestos manipulados y admitiendo la dudosa existencia de Jesús; tal religión no tuvo una existencia de más de 33 años y como único seguidor al propio Jesús.
Bien acogida por un imperio en decadencia sugestionable a las seductoras promesas de un paraíso y la inmortalidad de alma, ignoró el pueblo la razón que nutría tales esperanzas.
El amansamiento de los trabajadores, campesinos y esclavos ante la fuerza militar que gobernaba fue milagrósamente aceptada por los sojuzgados, y es que albergaban deseos más allá que emanciparse de sus opresores, la vida eterna y dichosa les esperaba tras la muerte.
El deseo terrenal era (y sigue siendo) el pecado por excelencia, en esto todos somos iguales. De igual modo, cualquier deseo por una vida digna era pecaminoso, la oposición ante la autoridad era considerado herejía. Pues Dios, jefe indiscutible, creó jefes y enfrentarse a ellos igualaría desafiar al Supremo.
Infectada la Edad Media, todo giraba en torno a la teología; la filosofía, las leyes y ciencias, eran complementos de ésta.  Europa se hallaba unida por un cristianismo que garantizaba las posesiones feudales y clericales que habría de compartir más tarde con una nueva “religión”: la ganancia.
Tuvo lugar en el s.XVIII, momento en el cual fue reformado el antiguo sistema económico, ya no de autoconsumo sino de ganancias y el derecho a explotar para conseguirlas. Es transformada la religión y aplicada al mundo terrenal.
Dios deja de morar por las nubes y baja en forma de propietario de una fábrica, con la ciencia como credo y de corderos la clase obrera. Ideología que no tardó en difundirse al resto de Europa, pero jamás enterrando al cristianismo, era un rival fuerte y más le valía como aliado.
Juntos, soñarán en hacer del obrero y campesino un perfecto dependiente y dócil sin más propósito que alcanzar el cielo, (de forma natural), pues lograrlo por cuenta propia era pecado, la pérdida de la mano productora supondría la quiebra.
Y hasta hoy, éste insulto a la inteligencia fundada en leyes absolutas, válidas para todas las épocas y pueblos hace su mentira más evidente.
¡Usurero el cristiano que desea una estancia en el edén eternamente, cuando sus méritos, (si acaso), se reducen a pocos años en la tierra!, ¡codicia una recompensa mayor a la dada!
Su religión, el abandono del conocimiento y el abrazo a la ignorancia, desprecio de uno mismo y propagandista de la humillación; nacida sobre muerte y a base de muertes difundida, divulgada por sangre cobarde de quien predicó el sufrimiento como vía a la felicidad.
Religión, del latín religare, unión de déspotas practicantes de la explotación personal.

Gabriela Palacios.



El papel del dinero

Dinero: -según la Real Academia- un medio de cambio de curso legal. ¿O sólo un sustantivo para designar la propiedad o ausencia de ciertos papeles de colores o números contables? Luego pasan de unas manos a otras sin llegar a tenerle el cariño del que se presume por su utilidad, que si acaso tuviera una propia como papel y no de canje, sería contribuir al origami.
En la infancia no consideramos al dinero como tal, en su valor intrínseco, sólo aquellos obsequios con los que primeramente nuestros padres nos alegraban.
Cuántas veces un niño ha pataleado por un juguete aún sabiendo su elevado precio, no es que su egoísmo le invada (que también) sino que el dinero no tiene ningún sentido para su mentalidad libre de los prejuicios capitalistas que adquirirá más adelante.
Y es la carencia de una base infantil, más tarde impuesta, la que condena a la población a desviar sus verdaderos proyectos por aquellos convenientes al sistema.
Por supuesto, sus campañas son admirables: ¡Supérate a ti mismo, demuestra que si puedes! Omitiendo, cómo no, su verdadero significado, y es aclamar el egoísmo y la competencia que suponen reducir al vecino.
Y no contentos con vitorear la destrucción del compañero (ellos lo llaman adversario), falsean a la hora de divulgar el empredorismo en sus consignas vacías, afirman que cualquiera con voluntad es capaz de alcanzar el éxito, no tienen en cuenta, por supuesto, que no todos tenemos las mismas capacidades ni sus majaderos objetivos, o que un gran número de personas ni siquiera conocen la palabra éxito o dinero y que sus intenciones son las de qué comer ese día, si acaso lo consiguen.
Este sistema alienante del que somos víctimas además destruye el potencial característico de cada uno, nuestra creatividad y habilidad artística son esclavizadas a favor del absurdo y estupidizante propósito de obtener dinero; una actividad tan poco productiva que nuestro interés por el bienestar espiritual común y propio se funde en la agonía individualista.
Por ello su sistema sólo puede ser descrito como utópico, ya que es imposible considerarnos sólo a nosotros mismos y nuestros méritos sin tener en cuenta a la sociedad; de allí que el individualismo obstaculice la realización de los deseos individuales.
De niños fantaseamos con actitudes más o menos heroicas, en las que como protagonistas actuamos en beneficio de la sociedad, ya sea en forma de protección, diversión, justicia y más, que se ven ofuscados por otros deseos seductores que prometen la felicidad materialista: casa, coche, familia, amigos, chimenea, perro etc, y con ella, el abandono de nuestra real aspiración por la del sistema.
Actuar en beneficio propio (supuestamente), no sólo implica rechazarnos, también condena a la sociedad a caer en la misma desgracia. No existimos aisladamente, ni actuamos de igual manera.
Ya lo proclamó el romano: Soy humano, nada humano me es ajeno.

Gabriela Palacios.


 

El germen de la familia

El origen de la civilización nos remonta a la prehistoria, donde el ser humano no conocía la moralidad como concepto, pero sí su práctica.
Aún nómadas, las tribus eran dirigidas por el jefe que imponía su fuerza y su monopolio sexual al resto de los machos. La caza suponía la única posibilidad de supervivencia, que no siempre era segura, la propiedad de bienes (que no existía) tampoco, y mucho menos el futuro.
Y los únicos que podían asegurarlo eran los hombres, que desarrollaban su creatividad en armas y artilugios mientras la mujer condenada por la carga de la maternidad, se veía obligada a la repetición de las tareas domésticas. La vida y crearla era un accidente; pues, además de inutilizar a la mujer, condenaba a la tribu a cuidar a los nuevos miembros; lo cual no era fácil de permitirse por la escasez de alimentos y para evitarlo recurrieron al infanticidio.
En contra de crear vida, asesinar era digno de respeto; un papel sólo digno de hombres, matar a las fieras y las tribus enemigas.
Ocurrió que tras volverse éstas sedentarias, el campo requería de todos los miembros de la futura comunidad, siendo el líder innecesario. Y por ello los hombres optaron por hacer valer sus derechos. Asesinaron y engulleron al jefe, a fin de adquirir su fuerza y privilegios. Más, aquella victoria de la libertad sexual y poder creó un conflicto de liderazgo entre los vencedores que terminó por resolverse con el triunfo de los derechos comunes. Cada hombre correspondía a cada mujer y viceversa.
Y como tribu sedentaria, necesitaba de la agricultura para abastecerse y para ello precisaba mano de obra. La natalidad pasó a considerarse un obsequio y la maternidad una virtud. La mujer adquirió un papel fundamental en la comunidad hasta el punto de convertirse en la dirigente, que nunca la impositora.
Nació el matriarcado, nació el comunismo primitivo.
La línea que definía la gens era exclusivamente materna, ya que no era asegurada la paternidad de los hijos y éstos, eran educados en sociedad al no existir el sentido de propiedad filial. La colectividad reinaba en todos los pertenecientes a ella.
Y con el tiempo, ocurrió la desgracia de la añoranza de un líder (el pater en su día asesinado), aquel déspota representante de la individualidad, el poder y los privilegios.
Y la única forma que tenía el hombre para igualarse a aquella idealización consecuencia del sentimiento de culpa fue inventar chamanes y hechiceros, los únicos merecedores de la sabiduría y posesiones.
Se sustituye el comunismo y se inventa la propiedad.
El excedente de producción era apropiado por aquellos supuestos semidioses frustados, tomando también como propiedad a la mujer esclavizándola, para asegurar la herencia de sus pertenencias a sus hijos también sometidos, tal y como sigue ocurriendo en las sociedades capitalistas.
Jamás ha sido ni será la familia la máxima representante de desarrollo y organización. Ya su mismo significado la delata. Famulus, palabra con la cual designaban los romanos a un esclavo, su conjunto era llamado familia.

Gabriela Palacios.


 
La propiedad como robo

La justicia ocupa un lugar fundamental en el actual sistema capitalista. Su aparente función es proteger a la población que, vaya azar, sólo ocurre en la clase propietaria, la misma que dicta la ley, la incumple y es casi invulnerable ante ella. La cárcel no es para ladrones. En ellas sólo hay una mínima parte a los miles de héroes que estafan, explotan y asesinan, aplaudidos en nombre del desarrollo.
El poder de la justicia impuesta es incuestionable ¿quién se enfrenta a una abstracción?
Un juicio es la lucha entre dos licenciados que debaten por ver quién miente mejor, poco importa la sentencia, no hay justicia, sólo retórica.
Así la sociedad nos educa, a la que responden quienes atentan contra la propiedad, con la misma moneda, el robo. Ya más tarde se ocupará el sistema de encerrarlo, para así despejar la competencia.
Y el entorno de reclusión al que es mandado a rectificar, o más bien pudrir, no es sino la cuna de leyes antinaturales, un ambiente antisocial que no contribuye a su recuperación. El castigo no cura al preso, no al menos en el sentido que lo difunde la ley; estimula el odio a la sociedad que le juzga; condena, abusa de él en prisión; y al salir el desprecio de los restantes. Aumentando su ira con más ira por parte de quienes le rodean.
El condenado, antes de serlo, fue criado por un sistema hostil, donde el acto vandálico ocupaba la rutina de su gente, el lema común enriquecerse. La interpretación era simple, una mano callosa, símbolo de inferioridad, ante un traje de superioridad.
Y oyó hablar del lujo, el dinero que no tiene, aquellos detalles materialistas inexcusables para ser alguien en la sociedad actual y buscando serlo se aventuró a lograrlos, a demostrar que él también puede. El sistema le volvió arribista. Adjetivo que bien podría haber sido sustituido por otro de haber tenido una educación eficiente.
Si los hijos de los burgueses vivieran en condiciones semejantes, se verían envueltos por los brazos de la penuria y con los pies descalzos, buscando qué comer.
Y nuestro deber es combatirlo, no hallar remedios sino prevención. Aquella de la que, aplaudiendo al capitalismo por su equidad, gozamos unos pocos.
La solución real es actuar, es nuestro derecho y hacerlo en comunidad y para la comunidad, es una condición insobornable. Reformando el sistema capitalista, despojando a los propietarios de su goce de privilegio, trabajaremos según nuestras inclinaciones en provecho de todos, los niños serán educados para entender el trabajo como pasión y no como castigo. Sólo así no existirán clases, que para qué.
Los presos que atentaban contra la propiedad no existirán y ella tampoco, Nuestra obligación es ser el verbo, no el ideal.

Gabriela Palacios.

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25-02-1956

XX Congreso del Partido Comunista Ruso. Muerto Stalin, la burocracia estalinista inicia un proceso cosmético para desarrollar el estalinismo sin Stalin. Su antiguo fiel lacayo y para entonces crítico, Nikita Jrushov, en su discurso secreto ante el Congreso, revela el llamado testamento político de Lenin. La supuesta desestalinización sólo implicará borrar o destruir textos y monumentos de quien comandó la aniquilación del auténtico partido bolchevique.

24-02-1917

Revolución de febrero. El zarismo, comprometido con la Gran Guerra era imposible de sostenerse; huelgas y rebeliones obreras y campesinas se expandían por las rusias. Con los líderes revolucionarios expatriados, los socialistas burgueses, Kerensky y adlateres, aprovecharon de la oportunidad, ya con el zar huído su alternativa era la democracia burguesa y convocatoria a la duma.
En abril llega Lenin con sus tesis, en mayo Trotsky, fundador del primer soviet de Petrogrado. Se inicia la revolución

23-02-1918

Basado en la Guardia Roja bolchevique, ante la reacción contra la revolución de noviembre por parte de los restos del ejército zarista, reagrupados en una amalgada reaccionaria de antiguos militares alemanes, además de contar con el apoyo de ejércitos de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña y bajo el nombre de Ejército Blanco; Trotsky, Comisario del Pueblo para la Guerra, funda el Ejército Rojo, cuyo emblema sería la bandera que la vanguardia obrera utilizara en el levantamiento.