Izquierda-Derecha, Arriba-Abajo
Parecería parte de una tabla de ejercicios que cualquier monitor aplicaría en algún gimnasio; mas no, ambas dicotomías forman parte de los paradigmas de confrontación política por parte de PSOE e IU, respectivamente, de cara a las elecciones de noviembre.
Pare el PSOE, en voz de Alfonso Guerra, el enemigo es la derecha, léase PP; reconociéndose ellos, obviamente, como la alternativa de la izquierda.
El vocero de IU, Cayo Lara, define que la contradicción se halla en el enfrentamiento de los de arriba, léase PSOE, PP, contra los de abajo. Los de arriba serían los ricos y banqueros o esa nueva indefinición a la que llaman los mercados. Quedarían ellos, IU, como representantes de los de abajo.
El PSOE acusa que el programa político de lo que llaman derecha implicará la aplicación de la doctrina económica liberal ortodoxa; lo dice el partido político que ha gobernado en defensa de los banqueros y la gran burguesía, a órdenes de las burguesías imperialistas alemana y francesa y a placer del imperialismo de USA.
IU se precia de representar a los de abajo; sin embargo, su portavoz en el Congreso, Gaspar Llamazares, posee, además de propiedades, un capital acumulado de € 300.000 en depósitos a la vista; o sea, que reditúan y lo convierten, tanto en el Estado español como en China, en un capitalista.
Las tres siglas sumadas: PP, PSOE e IU, son el espectro político estatal que ha gobernado desde la implantación de ese apaño a espaldas de la población que dio como resultado el texto sacralizado y violado al gusto que llaman Constitución.
El marco del Estado burgués lo define tal Constitución, y el espectro político estatal, las tres agrupaciones, son defensoras de aquel panfleto legal.
Al PP, PSOE e IU, sólo les motiva acceder a una curul y cumplir su principal labor: la protección del patrimonio de la burguesía del Estado español y de Europa. Los dos primeros, en esa pantomima de gobierno-oposición, y el tercero en su labor de Pepito Grillo.
Lo que de verdad intenta ocultar ambos paradigmas, es el hecho de la existencia de clases y, en el sistema actual capitalista, la lucha de las dos principales clases: la poseedora de los bienes de producción y capital y la vendedora de su fuerza de trabajo. Por no reconocer clases ahora usan la burda definición de agentes sociales.
Pare el PSOE, en voz de Alfonso Guerra, el enemigo es la derecha, léase PP; reconociéndose ellos, obviamente, como la alternativa de la izquierda.
El vocero de IU, Cayo Lara, define que la contradicción se halla en el enfrentamiento de los de arriba, léase PSOE, PP, contra los de abajo. Los de arriba serían los ricos y banqueros o esa nueva indefinición a la que llaman los mercados. Quedarían ellos, IU, como representantes de los de abajo.
El PSOE acusa que el programa político de lo que llaman derecha implicará la aplicación de la doctrina económica liberal ortodoxa; lo dice el partido político que ha gobernado en defensa de los banqueros y la gran burguesía, a órdenes de las burguesías imperialistas alemana y francesa y a placer del imperialismo de USA.
IU se precia de representar a los de abajo; sin embargo, su portavoz en el Congreso, Gaspar Llamazares, posee, además de propiedades, un capital acumulado de € 300.000 en depósitos a la vista; o sea, que reditúan y lo convierten, tanto en el Estado español como en China, en un capitalista.
Las tres siglas sumadas: PP, PSOE e IU, son el espectro político estatal que ha gobernado desde la implantación de ese apaño a espaldas de la población que dio como resultado el texto sacralizado y violado al gusto que llaman Constitución.
El marco del Estado burgués lo define tal Constitución, y el espectro político estatal, las tres agrupaciones, son defensoras de aquel panfleto legal.
Al PP, PSOE e IU, sólo les motiva acceder a una curul y cumplir su principal labor: la protección del patrimonio de la burguesía del Estado español y de Europa. Los dos primeros, en esa pantomima de gobierno-oposición, y el tercero en su labor de Pepito Grillo.
Lo que de verdad intenta ocultar ambos paradigmas, es el hecho de la existencia de clases y, en el sistema actual capitalista, la lucha de las dos principales clases: la poseedora de los bienes de producción y capital y la vendedora de su fuerza de trabajo. Por no reconocer clases ahora usan la burda definición de agentes sociales.
PSOE hace ya mucho que renegó de la lucha de clases y se comprometió en la defensa del capitalismo y su Estado.
En IU, no es de extrañar que el Partido Comunista estalinista intente distraer de la pugna política de clase; dominan una central sindical en su rastrera labor de evitar la politización de la clase obrera y el surgimiento de una auténtica vanguardia política que conduzca a la revolución proletaria.
Los representantes al parlamento burgués que surja a partir de noviembre, además de ver acrecentado su patrimonio, sólo justificarán el raído disfraz de democracia que camufla la dictadura de la burguesía.
La burguesía ya tiene sus partidos que la representan y defienden; toca a la clase obrera dotarse de su propio partido, la vanguardia que guíe al resto de sectores explotados y desclasados. Es la única alternativa al capitalismo.
La patraña de izquierda o derecha, arriba o abajo, es el timo de los políticos profesionales de izquierdas que la propia lucha de clases se encargará de barrer.
Enrique Segovia
Enrique Segovia
Jamás Platón ni Aristóteles, en sus elucubraciones sobre el Estado y el Gobierno ideales, tuvieron en consideración a quienes, por no poseer, ni siquiera detentaban un nombre propio.
Los discípulos de ambos filósofos, como ellos mismos, pertenecían al sector ocioso de la sociedad: hijos de aristócratas rentistas o de comerciantes ricos.La Grecia antigua era una sociedad esclavista, y los verdaderos generadores de valor, los esclavos, no participaban de las decisiones de la cúpula. La Democracia griega tiene este origen espurio.
La manipulación burguesa ha conseguido que el término Democracia se reconozca como el gobierno del pueblo, queriendo hacer entender con ello que implica a toda la población.
Quizá la artimaña tenga su origen en la traducción sesgada del griego al latín; y en donde demos se establece por pueblo, se obvia que tal vocablo esté vinculado al domos, de propiedad.
La Democracia sería, más bien, la Domocracia, el gobierno de los propietarios.
Lo acaban de constatar las declaraciones patrimoniales de las señorías del Parlamento burgués del Estado español.
Los partidos de la burguesía, PSOE, PP y los nacionalistas regionales, así como también el espectro de la llamada izquierda; todos ellos disfrutan de patrimonio, rentas y acumulación de capital.
Mientras se reducen los salarios a la clase obrera, a la pequeña burguesía y a la burocracia no privilegiada; mientras se alivia la caída de la tasa de ganancia de la burguesía con despidos; mientras se ejecutan desahucios; las señorías gozan de buena salud patrimonial y económica. Algunos de envergadura insultante.
Tal Parlamento, queda obvio, no es representativo de la sociedad. La arenga de la pequeña burguesía radicalizada: ¡No nos representan!, toma sentido.
Los lacayos de la burguesía justifican el alarde patrimonial tildándolo inclusive de ejercicio de transparencia.
Para estos recaderos, sus señorías, además de sus sueldos nada comparables con la media de los trabajadores, además de sus prebendas en viajes y viáticos, además de sus extras y jugosas jubilaciones, cuando no migración a empresas multinacionales, tienen justificado tal status debido a su abnegada labor de representación del pueblo. Es más, argumentan que en el llamado por ellos sector privado obtendrían mucho más compensaciones.
Comprenden que en una época de crisis, en la que como única fórmula de la burguesía es que paguen los que menos tienen, pueda herir sensibilidades. Hasta rezuman cierto sentimiento de culpa.
Para salvar la conciencia hacen uso del cinismo cristiano; aquel que, por arte del birlibirloque y con la señal de la cruz, redime de la culpa con la confesión de ella.
El Parlamento burgués del Estado español responde ahora a quien representa: a la burguesía y su oposición; la derecha y la izquierda. Ambas patas defensoras del mismo Estado del cual profitan.
¡El enemigo es la derecha!, lanzó como soflama Alfonso Guerra ante mineros aborregados de la UGT, lo hizo quien fue cómplice en Suresnes y en el Gobierno de Felipe González, gobierno que empezó las privatizaciones de las Empresas Públicas, que luego terminó hasta entregar a sus amiguetes los pendientes de la abuela, su continuador Aznar.
El enemigo de verdad es la burguesía y los partidos que sustentan su Estado, PSOE, PP y todo el espectro de la izquierda ya comprometida, ya vendida y también propietaria y rentista, que cumple la ignominiosa labor de intentar justificar un Parlamento y un Estado que no representa a la sociedad.
El ejercicio de la Política en el Estado español es escaso; a la muerte de Franco se generaron grandes expectativas, inclusive de un cambio de régimen con la posibilidad de abolir la monarquía.
La traición de los que por entonces se reconocían como la izquierda, PSOE y PC, en los Pactos de la Moncloa, no sólo frustró tales expectativas sino que produjo la inmovilización de la clase obrera y sectores de la pequeña burguesía radicalizada al atar toda salida posible a unas elecciones amañadas por los mismos partícipes del Pacto.
De tal Parlamento bastardo, una Comisión frabricó la actual Constitución que, entre otras joyas del franquismo, mantuvo la monarquía y el vínculo con la Iglesia católica. La única participación que se permitió a la población fue confirmar mediante referendum tal cocido burgués aderezado con la anuencia de la izquierda.
La supuesta intocable Constitución, ha sido modificada al deseo de las burguesías centrales de Europa, esta última vez sin ni siquiera maquillarla con el refrendo público.
El asambleísmo resurgido actual, es una manifestación del deseo de participación en la Política de sectores pequeño burgueses empobrecidos por la crisis económica que les recorta derechos. Y es legítimo.
Se hace necesaria la participación de la clase obrera como la llamada a liderar a todos los sectores de la sociedad porque es la única que tiene como alternativa la desaparición del Estado burgués, por mucho que les duela también a los de la izquierda que sólo aspiran a una curul más.
La forma asamblearia hará posible escapar de la atadura de las direcciones obreras, UGT, CCOO, que están comprometidas con el Estado burgués.
La Constitución actual no merece ningún respeto, lo demuestra la propia burguesía que la modifica cuando quiere.
El asambleísmo, liderado por la clase obrera, podrá estimular un mayor ejercicio de participación y compromiso de quienes tienen vedada la Política: la propia clase obrera y la pequeño burguesía dispuesta a la revolución.
Una Asamblea Estatal,
que convoque a los sectores que ahora no tienen voz ni voto y que discuta hasta
las bases o necesidad de Estado, será la mejor demostración de participación en
la Política. Una Asamblea Estatal con plenos poderes, sin monarquía ni
Parlamento.
Para las vanguardias
obreras, Partidos de clase o Asociaciones, como para la misma clase obrera y la
pequeña burguesía radicalizada, será un magnífico ejercicio de lo que supera a
la Domocracia burguesa: la Democracia obrera.
Enrique Segovia
LA IDEOLOGÍA DE IZQUIERDA
El concepto de izquierda está asociado en sus inicios a un sector de la Asamblea Nacional del París revolucionario del siglo XVIII.
Los jacobinos, pequeño burgueses ilustrados que encarnaban de manera ortodoxa los ideales de la burguesía revolucionaria y que entendían que el triunfo de la Revolución dependía de la destrucción de raíz de todo el antiguo régimen absolutista. Incluida la desaparición física de la monarquía.
Sus oponentes, los girondinos, proponían una salida intermedia. Un apaño al estilo inglés con su monarquía constitucional. En la Francia revolucionaria de entonces no era posible.
El triunfo de los jacobinos implicará la instauración de la dictadura de la burguesía en contra del absolutismo monárquico. Tal dictadura se manifestará en lo que se ha llamado Época del Terror.
Esa fue la burguesía revolucionaria.
A pesar de revisionistas de toda calaña, la República burguesa de Francia no puede negar el instrumento utilizado: el Terrorismo de Estado para intentar eliminar todo resto del antiguo régimen. Y, al parecer, se quedó corta.
Los actuales críticos del jacobismo no son más que la demostración patética de que la burguesía ya no se siente orgullosa de sus orígenes. La burguesía ya no es revolucionaria, su Estado es el actual Estado a destruir.
La burguesía no jacobina, ya en el poder, ha modernizado los valores ideológicos del antiguo régimen.
El instrumento de opresión por excelencia que es la ideología, todavía cuenta con aliados como la Iglesia y una recua de juristas relatores de leyes y normas con los que disfrazan su dictadura.
La izquierda jacobina, ha quedado en la Historia como el reflejo de la ortodoxia doctrinal, jamás degeneró en ideología.
Las izquierdas actuales tienen diferentes vertientes. La socialdemocracia ha sido, y sigue siendo, un gran soporte de la burguesía; además de que aportó argumentos sociológicos derivados de sesudas investigaciones en la sociedad con el conocimiento previo de conceptos marxistas como la lucha de clases.
Sólo que, mientras para el marxismo el reconocimiento de la lucha de clases lleva inevitablemente a la revolución proletaria, estos sesudos, con la misma información, hacen todo lo posible por evitarla.
Estas izquierdas no aportan ideología, son parte de la misma ideología del Estado burgués opresor.
El cambio vino con el surgir de la primera Revolución proletaria y su posterior traición stalinista.
Stalin, mediocre y opaco, era conocido por su eterna sumisión a Lenin, hasta que, mediante maniobras obtuvo el Poder y la ocasión de perennizarse como casta corrupta, traicionando con ello a la Revolución obrera, al Partido Bolchevique y también a sus propios colaboradores.
Uno de ellos, Bujarin, de quien Lenin dejaría escrito: no ha estudiado nunca y pienso que jamás ha entendido del todo la dialéctica, fue uno de ellos.
A la muerte de Lenin, se necesitaba falsear la doctrina que había llevado al partido bolchevique a comandar la revolución proletaria.
Nada mejor que alienar la doctrina mediante un encasillamiento o momificación de la misma.
Citas fuera de contexto y manipuladas dio con el engendro del nuevo corpus ideológico stalinista: el leninismo. Luego, para embuste mayor, le sumaron la raíz: marxismo. Y así quedó configurada la nueva especie.
Lenin fue literal y literariamente disecado. Convertido en icono, alzado a los altares, erigido en Tótem omnipresente que tendría, obviamente, un vicario en la tierra: Stalin.
Bujarín fue quien elaboró el esperpento al que llamaron leninismo, Stalin era incapaz de coligar dos ideas de supuesta coherencia; cometido el primer crimen, Bujarin tendría el camino abierto para su posterior aberración doctrinal: El socialismo en un solo país. Despojado de utilidad, Stalin lo eliminaría y se apropiaría del engendro.
Otro místico, discípulo por entonces del vicario, Mao, hizo lo suyo y, con el pragmatismo extraído de sus meditaciones confusianas, redujo la doctrina marxista a cinco tesis.
Esta nueva fe requería de propagadores: Harnecker y Politzer, cumplirán fielmente su cometido. Explicar hasta la saciedad una doctrina, desmembrarla, descuartizarla, para así lograr el propósito de insertar de contrabando en ese engendro ideológico una nueva verdad: la infalibilidad de Stalin.
Esta supuesta nueva ideología surgía con más ímpetu, ya que llevaba consigo el prestigio de revoluciones triunfantes.Le daría un nuevo empuje a la izquierda y, aliada o parte de ella, estarían desde entonces a un único cometido: evitar la revolución obrera.
La socialdemocracia traicionó las revoluciones de la clase obrera europea, llevó al sacrificio a millones de militantes entregados al fascismo y nazismo, y la comprometió en la primera guerra imperialista. Con ello se ganó el respeto de la burguesía y un lugar compartido en los gobiernos de la dictadura burguesa.
El stalinismo traicionó a la clase obrera y a la primera revolución triunfante, llevó al sacrificio a millones de militantes comunistas en la segunda guerra imperialista. Se ha ganado el prestigio ante la burguesía y hoy su lugar es el de guardián en las organizaciones obreras para evitar cualquier posible brote revolucionario.
La vanguardia de la clase obrera no tiene ideología, posee una doctrina viva e instrumentos de análisis de la sociedad y el pensamiento con el materialismo histórico y el materialismo dialéctico
La clase obrera por sí sola es incapaz de hacer una revolución. El instrumento es su vanguardia organizada en Partido político, con el propósito de combatir en sus filas a la izquierda, derrocar a los partidos de la burguesía y establecer su dictadura que, a diferencia de la burguesa, destruye el Estado y no se perenniza en él.
Miguel Seguin
En La ideología alemana, Marx toma distancia de los llamados jóvenes hegelianos en su disputa dialéctica con los obviamente llamados viejos hegelianos acerca de la veracidad en la realización de la filosofía en la sociedad prusiana de entonces.
Los viejos, definían al Estado monárquico, con el carca Federico Guillermo III, como el cúlmen de sociedad posible, mientras que los jóvenes, ante la persistencia de pobreza, censura y sectarismo luterano, mantenían una postura crítica y demandaban reformas al mismo Estado.
Marx, con fina ironía, alude que sus antiguos compañeros resumían toda su crítica a conceptos referidos a la moral y la justicia. Supuestos superadores de Hegel, demostraban ser más bien los auténticos conservadores, a pesar de toda su fraseología revolucionaria, al reducir todo su reclamo en una reinvindicación por una conciencia humana.
Lo patético resultaba que los jóvenes argüían que los viejos sólo ofrecían frases, a lo que Marx ironizó que ellos se oponían a las mismas con… otras frases.
Por cierto, los jóvenes también eran llamados hegelianos de izquierda, opuestos, obviamente, a los de derecha.
Con respecto a la conciencia, Marx, aplicando el materialismo histórico, dejará muy claro que está determinada por la ubicación del ser humano en el modo de producción y el ser social que ello determina y no a la inversa.
Con la aparición de la división del trabajo, la conciencia es despojada de su referencia real, expropiada al ser humano para encumbrarla a una esfera ocultista y supersticiosa, sólo controlada y descifrada por quienes son designados a hacerlo.
Surge la ideología que, con sus diversas manifestaciones alienantes como religión, moralidad, leyes, normas, etc., forma el corpus que sustentará las nuevas relaciones de propiedad.
La ideología es, pues, sólo un instrumento de dominación y justificación de los privilegios en la apropiación de la generación de riqueza.
Tanto los jóvenes hegelianos de izquierda, así como los viejos hegelianos de derecha, ambos, eran expresiones que se complementaban dentro del corpus ideológico del capitalismo prusiano. Marx y Engels no eran de izquierda, eran comunistas.
En la disputa dialéctica actual, han surgido conceptos tan abstractos como vacíos y que hacen referencia a una supuesta ideología de izquierda, en oposición a la que sería de derecha.
La fraseología es igual de hueca: políticas de izquierda, justicia social, derechos democráticos, reinvindicaciones sociales, progresismo, etc.
La diferencia es que los actuales ideólogos de izquierda no son hegelianos, provienen del estalinismo degenerado en democratismo popular.
De allí se entiende que la lucha de clases la hayan sustituido por esta nueva lucha de frases.
Tal sustitución lleva implicita la negación de la consecuencia primordial de la lucha de clases: la revolución proletaria y el establecimiento de su dictadura que expropie los medios de producción a la burguesía.
Si la ideología es un instrumento de dominación, en el capitalismo actual tiene sus dos vertientes complementarias: la izquierda y la derecha.
Cuando Marx y Engels toman distancia de los ideólogos de izquierda de su época, se aplican en el análisis de la sociedad con el instrumento científico del materialismo histórico. La lucha de clases no es un puro invento teórico, proviene de la constatación en la realidad de la ubicación de los diversos seres sociales en relación a los medios de producción. Marx y Engels, optan por el proletariado que tiene como única alternativa la abolición de la propiedad y con ello la liberación de los mismos medios de producción de la atadura mezquina de la ganancia de la burguesía.
La crisis del capitalismo actual, no es la misma que la del siglo XIX; sin embargo, tiene los mismos ingredientes: monarquías en connivencia con la burguesía y el proletariado que tiene como sustento el salario que se ve recortado, cuando no directamente el despido, todo en aras del mantenimiento de la ganancia del burgués.
El capitalismo ha conducido a una mayor centralización y concentración de la riqueza con el consecuente crecimiento de un sector pequeño burgués desclasado, en contínua pauperización y radicalización al no ver sus alternativas satisfechas.
La crisis del capitalismo actual, se distigue por el ingente capital ficticio y necesariamente especulativo no vinculado a la producción. Mas capitalismo no genera empleo y mucho menos valor real.
El proletariado llamado a la revolución, carece de vanguardia política ya que sobre sus organizaciones parasita una costra podrida de izquierda cuyo compromiso con el capital es aislar a la clase obrera de su rol revolucionario.
Un primer paso será liberarse de esta lacra burocrática reformista de izquierda, dependiente y principal aliada del capitalismo.
Miguel Seguin
















